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Así vivió Irene nuestra #Kluidhouse.

Es viernes por la tarde en la Corredera Alta de San Pablo en la planta baja de la tienda Rughara. Hay canapés monísimos bajo la escalera, botellines en las manos, la música está al volumen justo para conocer a gente interesante.

 

 

Mientras encontramos nuestro sitio en la sala, las imágenes vibrantes de Noah Pharrel nos escuchan hacer amigos y ponernos al día, la luz de las fotos de Assiah Alcázar me hace  perder el hilo de la conversación y quedarme embobada mirando a un punto fijo, y las ilustraciones de la andaluza María Hesse, a la derecha, miran curiosas a todo el que baile regular.

Y al fondo, vuela un ave con las alas desplegadas. Es de Taquen, está pintada sobre la pared frontal, y, mientras lo miro, una amiga me dice con pena: “tía, no puedo creer que eso haya que taparlo en algún momento con pintura blanca”. El comentario me hace reír y pienso en lo valioso de los artistas: más allá de sus obras, de sus resultados, de que sus cuadros y fotos rimen bien con algunas canciones y que ir a verlas sea una excusa maravillosa para tomar una cerveza, abrir la mente y hablar con amigas y conocidas sobre planes de futuro, lo que más admiro de la gente que crea es su necesidad de seguir haciéndolo, reinterpretando y buscando en lo cotidiano nexos con todos nosotros que les (y nos) ayuden a expiar las malas energías, encontrar algo de consuelo, o sentirse comprendidos.

 

 

Y todo eso en una sola #kluidhouse, sin entrada, sin museo, sin grandilocuencia. Amigos, buenas canciones, nuevos referentes creativos y pendientes preciosos y la vida apabullante de Malasaña en fin de semana en la planta de arriba.

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