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Complejos, un proyecto sobre la (no) auto-aceptación física

Hace algo más de un año llegó a mi lista de recomendaciones de YouTube un vídeo que prometía ser un alegato por la autoestima con tintes de sororidad. Como tantas otras veces, escuché un discurso frívolo y simplón, que me animaba a quererme tal y como soy, a querer mis complejos “porque para otras personas son preciosos” (literal, esto último).  Me cuesta encontrar la diferencia entre un discurso que, sin motivo alguno, nos juzga por no encajar en unas medidas a las que llaman “belleza” y otro que te obliga a quererte tal y como eres, a aceptar lo que no te gusta de tu aspecto.

Ambos son impuestos, ambos parten de un pensamiento crítico nulo y evitan el peregrinaje interno, el viaje que pueda llevarte a conocer y aceptar (y con aceptar, no hablo de gustar) tus luces y sombras físicas y psicológicas.  Al crecer nos sentimos mal porque nuestra apariencia no es la que debería ser, después nos sentimos mal por no sentirnos bien tal y como somos y cuando nos atrevemos a expresar en voz alta aquello que no nos gusta, no faltan los comentarios del tipo “¡hala, tía! ¡tú no estás gorda!” , “pero qué dices, si no tienes celulitis” y un largo etc. Aunque entiendo la buena intención de esos juicios (porque sí, aunque sean en tono adulador, juicios son) no deja de molestarme el querer hacer creer a alguien que lo que ve, y siente, es erróneo.

La anorexia no se cura repitiéndole a nadie que está en los huesos tal y como el depresivo no se anima por decirle “anímate”. Quizás el viaje hacia la verdadera autoestima pase por ver, escuchar y aceptar las sensaciones que nuestro aspecto nos provoca, entender de dónde vienen sin la carga de tener que amar cada rincón que encontremos.

Que queramos o no cambiar esa relación ya es otro viaje, pero ni es obligatorio, ni estamos en el derecho de obligar a nadie a hacerlo.  Cuando era pequeña me salió un bulto en las costillas, justo en el centro del pecho. El médico dijo que sólo era hueso. “Tranquila, es hueso de más”. Me miro al espejo y veo mi torso de pocas curvas, mi canalillo de forma rara y que, gracias al calor, está lleno de granitos. Se ha criticado mucho la imagen de las mujeres muy delgadas. “Las mujeres de verdad tienen curvas”. Las mujeres DE VERDAD.

He escuchado tantas veces esa frase y sus sucedáneos que no han sido pocos los momentos en los que me he sentido menos femenina, menos apetecible, menos mujer. Cómo se supone que es una mujer de verdad. Y no quiero que me gusten, no quiero empezar a enseñarlos como si no me importara que alguien los vea y pueda pensar lo mismo que yo. No voy a repetirme delante del espejo “eres preciosa”, prefiero dirigir esa energía a no juzgar lo que siento cuando me miro.

Es importante que aprendamos a ponerle palabras a lo que nos pasa, que sepamos quiénes somos de verdad y hablar de lo que duele. Nunca (o casi nunca) nos lo preguntan. 

……….

COMPLEJOS,  ADRIÁN
Para alguien que se ha criado con el cine es normal, a pesar de crecer y comprender que la realidad es otra, tener en lo más profundo un deseo de imitar la ficción en la vida real.
Yo siempre quise ser el héroe, esa figura férrea capaz de solventar sin enfurruñarse las situaciones más complejas con saltos retorcidos, chistes acertados y algún que otro ocasional puñetazo: Corven Dallas, Sarah Connor, León… Alguien a quien amigos, familiares y desconocidos acudieran cuando todo está perdido.
Sin embargo no soy fuerte físicamente, si me enfrento a una situación que requiera pura fuerza física o agilidad, lo mas probable es que mi cerebro demande tanta sangre para resolverlo que no le de la oportunidad al resto de músculos para intentarlo. He intentado cambiar esto muchas veces, de adolescente hice diferentes artes marciales, compaginé mis estudios con el hecho de que a los 19 años me alisté en el Ejército y ahora siempre que puedo me echo una mochila a la espalda y recorro lugares poco accesibles para el peatón común. Nada me hace cambiar de idea.
Los deportes de equipo me aterran porque, aunque la realidad objetiva pueda ser otra, en mi cabeza siempre voy a ser el más débil, el más lento y el más torpe. Si un equipo es una cadena, yo ni siquiera sería “El Eslabón más Débil” en una cadena yo sería el apaño que hace el granjero con alambre cuando la cadena no es lo bastante larga. ¿Tenéis en mente a ese niño gordo al que siempre escogen el último para jugar al fútbol? Yo no estoy gordo pero siempre he sido ese niño. Y aunque nunca me junté con futboleros para evitar ese mal trago, sigo siendo aquel al que nunca van a escoger.
No nos volvamos locos, el mundo real ha demostrado ser mas fácil de navegar si en lugar de bíceps desarrollas empatía, mirada crítica, sensibilidad artística e inteligencia emocional.
La persona que soy ahora es gracias a todo esto y no soy ningún Gurú pero intento aprender y practicar estas cualidades para hacerlas mi fuerte.
Pero físicamente, no soy fuerte.

COMPLEJOS,  AURORA

85GG; Sí señor, eso existe.
De pequeña siempre quise tener el pecho grande. Y tenia clarísimo que si no, me operaba.
Debe ser que el universo me escuchó, porque con once años empezó a crecer.
Y a crecer. Y a crecer. Y a crecer.
Y a caer.
Porque sí, la ley de la gravedad existe. Y si eres tetona, esto lo aprendes rápido.
Llevo toda la vida escuchando que lo que la mano no cubre, no es teta sino ubre. Yo, por desgracia, tampoco tengo las manos muy grandes…
He oído comentarios sobre estas dos de lo mas creativo durante toda mi vida. Sin pudor, sin importar como me pudiese sentir. Y yo me callaba. Escuchaba, asumía y callaba.
Me ha dolido la espalda, las he tapado, las he enseñado, las he odiado… He pasado de parecer “gorda” a “puta” en medio día, solo poniéndome una ropa u otra. He salido de fiesta y me han dicho “Parece que vas pidiendo guerra” solo por llevar un mínimo escote como el resto de mis amigas.
Y, después de todo, he  aprendido a ponerlas por bandera. Porque no son grandes, no.

Son superlativas.

COMPLEJOS, CRISTINA
Hemos cerrado los ojos para no oír.
Hemos dejado de ver para escuchar.
Hemos visto para oír.
Vemos mientras oímos.
Nada ni nadie se para, se habla mucho, pero solo oímos por no escuchar lo que nos hace daño.

El pecho tiembla ¿Y qué?

Las lágrimas pesan.
Caen, escuece la boca, supongo que siempre lo hace.
Me limpio, pero despacio.
Me sueno sin rozar.
Podría maquillarme, “alegrar esta cara”.
Pero me dolería y mañana lo lamentaría.
Tengo que salir al escenario.
Tengo que seguir.
Comer despacio.
Besar con los labios agrietados.
Llorar y no dejar correr las lágrimas.
Escuecen.

Correr intentando no sudar.
Escuece.

Maquillaje que aprieta.
Heridas oscuras.
Las sonrisas partidas.
Ningún rastro de lo mismo por todo mi cuerpo en años, las hormonas hacen su efecto, los años pasan.
Habita conmigo ¿Puede ser?
Se queda.
Se queda para siempre ¿O no?
No creo, espero que no.
La certeza de la costumbre también es peligrosa.

¿Podría ser peor?
Sí, podría ser peor, pero de alguna manera ya lo ha sido ¿O esto es peor?

Hoy beso con los labios más abiertos, estoy mejor.
Sigo comiendo despacio.
Cuatro me preguntaron que si estaba bien.
Cinco que qué era eso.

Mañana estaré mejor.
Eso espero, tengo que subir al escenario y no puedo maquillarme.
Si lo hago lo lamentaré mañana, me duelen mucho los labios.
Lo mejor será que haga como si nada.

Y casi lo consigo.
Y la entrevista también.
Ya no hay maquillaje que cubra el dolor.

Pero me acuerdo de haber sentido toda esa sensación por mí cuerpo, el dolor, la hinchazón, no poder respirar porque sólo puedes pensar en parar ese comezón. No lo asemejaba con nada más.

Lo peor son los pinchazos en el culo para bajar la erupción.
Hace años que no pasa, se convirtió en algo pequeño e inocente.
Desde que me veo bonita no ha vuelto a pasar.
Mi cuerpo no volvió a salir en llamas nunca.

Pero mi identidad facial pasó a ser esto.
Con labios incluidos.
Sonrisa perfectamente ordenada a su debida edad.
Labios gruesos.
Pero desde hace años este eczema.
Apenas 5cm que delimitan una cara.
Una primera impresión.
Un beso.
Un maquillaje.
Una noche de fiesta.
Una función.
Unas fotos.
Una entrevista.
Tiempos.

Siempre soy yo, menos cuando llega el verano, llega el otoño y llega el invierno.
Y en medio de todo yo.

Y hoy que no paro de llorar me duele el pecho, los labios, las comisuras.
Escuece.

La sal cura las heridas.
En algunos casos sólo las empeora.

Me gusta que me besen despacio.
Me gusta mirarme al espejo.
No me gusta maquillarme a diario y no lo hago.

Salgo al escenario y todo sigue.
Lloro despacio.
Beso con cuidado y trato de sonreír más a menudo.

COMPLEJOS, EVA

El 11 de febrero de 2011, con 13 años, 1’65m y 39kg, entré por la puerta de un hospital, sin ser consciente del giro que daría mi vida.

En noviembre de 2012 me conectaron a una máquina para siempre, y, si en la ocasión anterior no fui consciente de la magnitud del asunto, en ésta, tampoco.

Seis años después, a base de mucho trabajo y amor propio, asumí que ir enchufada a una máquina 24/7 me había afectado más de lo que quería reconocer.

Una máquina no más grande que mi mano, manejaba mi vida entera, para lo bueno y para lo malo.

Harta de escuchar comentarios y de esconderla compulsivamente, es en el escenario, el 30 de junio de 2018, a través de las palabras de Angélica Liddell, cuando consigo consumar la reconciliación conmigo misma y superar mi complejo/trauma.

Con todo mi dolor acumulado durante seis años, hice arte, me desnudé y vomité delante de 300 personas.

Mi libertad empezaba esa noche.

Me comía el mundo.

Me lo comía hasta el 20 de diciembre de 2019 cuando, una maquinita nueva, se acoplaba a mi cuerpo.

Lloraba y lloraba y a cada lágrima más asco me daba.

Me dejé de ver a mí para solo ver a una mujer enchufada a máquinas. Vuelta a empezar.

Por suerte, esta vez tardé menos en reaccionar.

¿De verdad era más importante la opinión de alguien que a lo mejor ni conocía, sobre un parche en mi brazo, que mi propia salud?

Os juro que quería vomitar cada vez que lo pensaba, cada vez que anteponía un posible comentario o juicio ajeno, a mi salud.

Y me prometí no volver a hacerlo jamás.

Parece que es sólo “azúcar” y no poder comer bollos. Pero es una batalla diaria y silenciosa.

Sé que queda mucho por delante y que estar bien hoy, no significa estarlo mañana, pero de momento no he roto esa promesa.

Mi bomba, mis parches, mi diabetes y yo, paseamos orgullosas de superarnos cada día.

Deseo profundamente que llegue el momento en que nos de completamente igual la opinión ajena y el amor propio sea primordial.

Si lees esto, nunca dejes de quererte, nunca pienses que no eres suficientemente guapx, listx, valiente…

Eres todo lo que quieras ser, siempre que te quieras.

COMPLEJOS , INÉS

Déjame que la broma te la sirva yo, déjame que haga yo de arlequín siniestro y te comente cómo reflecta está piel de mármol. Déjame, que ya lo digo yo.
A tu :”¡Cuidado no se vaya a transparentar el sujetador!” Contesté que qué más da, sí para lo que hay que ver. Deja que sea yo la que con alarde matemático te diga que por poco soy cóncava. Deja que sea yo y por favor, no me pares.

Déjame que sea yo la que pretende que no le importa cuando a los pies de La Casa de la Cultura le dicen “vete a tomar el sol, qué asco”. Déjame que sea yo la que hace oídos sordos a los que gritan “¡Mira un Zombie!” Aunque sea la misma persona con la que tengo que volver a casa. Déjame que me gusta regodearme en ese valor pueril. Déjame llevar vaqueros largos en julio. Déjame que me arriesgue al sol, por si acaso dejo de ser así.

Déjame que sea yo la que lleva sujetador con relleno, aros incómodos que atraviesan los huesos, déjame que sea yo la que mantenga relaciones con la ropa puesta, déjame contarte un chiste sobre ello, ríete y no me pares.

Déjame hablarte de mi perfil romano, de mi perfil judío, de mi perfil hispano. Déjame dos horas para una foto dónde se note menos. Déjame un ángulo picado. Déjame que repase con envidia las caras de mis amigas. Déjame escuchar a una de ellas comentarlo.

Déjame, deja de mirarme. Déjame, yo después de años me he dejado.

COMPLEJOS 17 – IRENE
El espacio es el que es y el mundo tiene ese espacio, no hay más, no podemos aumentarlo. Y desde niña me dijeron “cuánta más masa, más ocupas”, y una parte de mí no puede evitar culparse de estar conspirando inconscientemente contra la tasa de natalidad.

Ocupo mucho, hay quien dice que demasiado. Mi barriga es grande, mis mulos anchos, pero ¿mis brazos? Mis brazos son legendariamente enormes. Y no solo enormes, son monstruosos, feos, horribles, espantosos, dan pavor de solo pensarlos.

Las pesadillas se componen del material de mis brazos, tan grandes que impide que otros niños puedan nacer, de un diámetro kilométrico, rellenos de grasa y músculo, casi podrían tener consciencia propia, pero eso sería pedirle demasiado a algo tan espeluznante.

“Intenta cubrirlos, ¿no?”

Y lo hago, vamos si lo hago. Durante más años de los que quiero reconocer, las sudaderas han sido mi mayor protección.

¿Hace frío? Sudaderas.

¿Hace calor? Sudaderas.

¿Hay que ir elegante? ¡Pues qué hay más elegante que una sudadera!

¿Follar? Sí, pero siempre con sudadera.

Pero es que no puedo dejar ver al mundo que soy un monstruo de brazos colosalmente gordos.

Entre mis miedos y fobias hay uno muy claro. No me cojas del brazo. Nunca.

Es horrible sentir que hagas lo que hagas nunca vas a poder abarcar toda mi monstruosidad por grandes que sean tus manos. Creo que todo empezó cuando era niña, todos jugábamos a mirar hasta donde te abarca la mano a lo largo del brazo desde la muñeca, esas pulseras hechas con tu propia mano. A mí apenas me cerraba.

Fue una tragedia a nivel nacional.

“Niña gorda tiene los brazos demasiado gordos”, ya podía ver los titulares en periódicos que ni conocía (a decir verdad, ni si quiera era consciente de qué era la prensa más allá de imaginario colectivo de que los periódicos existen, pero ahí estarían mis brazos)

Brazos merecedores de un odio internacional, “No nos dejas nacer, nos quitas nuestro espacio”, me dirían los fetos aún por crear, “tus brazos se me escurren entre las manos”, mientras jugamos al pilla pilla, “me has pegado un puñetazo”, qué va, era un empujón, pero no puedo controlar lo que los monstruos implantados a mi cuerpo quieren.

Pero no lloremos, de verdad, después de la hecatombe viene la reconstrucción y si algo he aprendido es que debajo de la grasa hay una masa muscular que me protege de todo, y de todos. Puñetazos (a veces verbales) que te quitarían las ganas de reírte de la gordura de mis extremidades. También me permiten construir, reconstruir y destrozar. Lo básico para vivir.

No sé, cuando abrazas con estos brazos tienes dos opciones, o ahogar a la persona, que no pueda respirar más para que las voces temibles se callen, o simplemente llenarlo todo del cariño que se esconde en cada gramo de grasa.

Sinceramente, me quedo con lo segundo.

COMPLEJOS 13,  MARÍA Y LAURA

La vida nos hace conjugarnos, querernos, odiarnos, lastimarnos, curarnos… La vida nos hace vivir (válgase la redundancia) y, en su transcurso, nos vamos tropezando con miles de piedras que van confeccionándonos como personas (aunque hay más de uno que, por más que lo intente, se queda en la estacada).

Nacemos y, mientras crecemos, nos golpean estereotipos que se acaban convirtiendo en lastres. El afán por conseguir las medidas perfectas acaba derivando en dietas estrictas y encierros en el gimnasio que pueden llevarnos a la gloria o sepultarnos hacia una obsesión con destellos depresivos. ¿Qué pasa con los pechos? Esas dos bombas explosivas que atraen a los más babosos y a todos esos humanos “animalados” que tienen sed de amamantarse aun estando en edad adulta. Es cierto que los senos son un elemento muy propio de la feminidad y que es normal que sea una de las principales atracciones sexuales en las mujeres. No he venido aquí a criticar eso (ni mucho menos), si no para expresar que también son sede de unos de los principales complejos.

Hay pechos pequeños, diminutos, gordos, puntiagudos, con forma de pera, desequilibrados, caídos, chuchurríos… ¡Hay de todos los tipos! Y coño… ¿Por qué tenemos que sentirnos menos si no los tenemos bien erguidos o si no dan con las medidas estándar? Tengo novia y os puedo asegurar que nuestras tetas son el ying y el yang. Ella me pide que dé un poquito de las mías y yo le pido a ella que me de un poquito de esa perfección que tiene ella en la colocación de las suyas. Yo me escondo porque no quiero asustar con mi tamaño y ella porque siente que no llega a la media. Pero oye… En ello estamos. Lidiando día tras día con ese peso que, poco a poco, vamos aligerando a base de risas y de afrontarnos a la realidad de cara. ¡Qué nos miren! Que al menos, por dentro les damos mil vueltas. ¡Qué nos miren, que nos deseen o que nos repelan! ¡Qué más da! Si ambas en nuestro interior sabemos que nos tenemos la una a la otra para recordarnos que en la trinchera de la sociedad, nuestro potencial es alto y nuestra belleza también. Que nos miren, que nosotras les devolveremos la mirada con la cara bien alta y los pechos bien presentes.

COMPLEJOS 21,  SERGIO
Me están perturbando.

Ellos dicen una cosa, ellas otra, y de repente todo el mundo cambia de nuevo.

Ellas me dicen que no debería tener complejos físicos porque soy alto y guapo, pero también me dicen que pesar menos de setenta kilos no es sano, que coma más.

Ellos me dicen que no hay que obsesionarse con el sexo, pero llevan cuenta de todos los días que pasan entre polvo y polvo.

De repente todo el mundo cambia de nuevo.

Todo cambia porque es normal estar triste, pero a la vez es obligatorio dejar de estarlo.

Todo cambia porque no te pega boxear, es un deporte para hombres más hechos; y no te pega llorar con Blue Valentine, eso no es de machos.

Todo cambia porque es lícito tener complejos, pero a la vez no es lícito pareciéndote a un superhéroe, pero a la vez no puedes ser un superhéroe si no das la talla, dentro del traje.

Todo cambia porque deberías hacer ejercicio para dejar de tener ese físico, pero a la vez deberías tener cuidado, que ese físico no te permite hacer ese ejercicio, te acabarás haciendo daño.

Todo cambia porque no hay que obsesionarse con la imagen, pero recuerda, se te cae el pelo.

Todo cambia porque eres guapo, y listo, y duro, y sensible, y tienes todo donde deberías, pero igual no tienes todo lo que deberías, y a lo mejor no todo donde deberías.

Todo cambia, y todo cambia de nuevo.

Y me están perturbando.

Si te has quedado con ganas de más, conoce su trabajo proyectocomplejos.com

Trabajo por Lucia Bailon