Conocemos a Paula Bonet en #KLUID16

++Paula Bonet (Vila-Real, 1980) rasga la historia con su pincel cuando la pinta. Es una de las primeras ilustradoras de esa nueva generación que está dando la vuelta al relato actual. La artista tiene su propia mirada y, lo que es más osado aún, está dispuesta a utilizarla. Tras los éxitos de “Qué hacer cuando en la pantalla aparece The End” (Lunwerg, 2014) , “813” (La Galera, 2015) y “La Sed” (Lunwerg, 2017), hablamos con Bonet de sus nuevos proyectos, del despertar feminista, de los éxitos, fracasos y búsquedas en la vida de una ilustradora.

En “Quema la memoria”, Ramón Rodríguez (The New Raemon) dice que los cantautores escriben “movidos por la búsqueda de aquella canción perfecta, esa piedra preciosa de la que te sientas siempre orgulloso, de cuyo valor nadie sea capaz de hacerte dudar, algo verdadero e incontestable”, ¿y qué es lo que mueve a los ilustradores?

Estoy de acuerdo con Ramón con el concepto de búsqueda. Creo que lo que mueve a una persona que dedica su vida a cualquier tipo de arte es esa necesidad, el hecho de saber que todavía no has llegado a dónde te diriges, sin olvidar que quizás no llegarás nunca. Es lo único que tiene sentido en un trabajo creativo: no plantarse, no conformarse, no repetir patrones que sabes que funcionan.

Porque, a ti, todo esto te hizo dejar un trabajo para dedicarte en exclusiva a la ilustración, al arte. A lo largo de tu carrera, ¿te has sentido presionada o angustiada por alcanzar el éxito?

Siempre he estado cogiendo y dejando trabajos de modo intermitente. Lo único que no he dejado de hacer nunca es pintar y dibujar. Creo que tener la idea de éxito presente mientras trabajas es un error. El éxito es poder seguir haciendo aquello que te da la vida, tengas que compaginarlo con otros trabajos o no. En muchas de tus obras es tan importante el texto como la ilustración, ¿qué ocurre antes: el dibujo o la historia? Normalmente la historia. Para mí es muy importante la función comunicativa del arte. El contenido es lo más importante. Una vez que está formado llega el momento de encontrar la mejor forma para que el mensaje llegue al espectador.

¿Cuándo sabes que una obra está terminada? Creo que eso no lo sabes nunca. Me encanta el ejemplo de “Synechdoque, New York” de Charlie Kaufman con Philip Seymour Hoffman. La obra de arte eternamente.

 

 

Hace una semanas publicaste un tuit sobre tu trabajo con una foto. Se dejaban ver libros de Rosalía de Castro, Gabriela Mistral, Emily Dickinson… ¿En qué estás involucrada con tanto nombre poderoso y feminista?

Considero “La sed”- como un despertar. Se trata de un libro en clave feminista que deja muchas preguntas sobre la mesa. Lo que viene después es consecuencia de ir desenredando hilos. Mi próximo trabajo irá en esa línea. Creo que es importante dar voz a la desigualdad en la que esta sociedad coja convive, pero necesito huir de los tiempos acelerados y permitir al texto que se vaya creando poco a poco y que repose. Quiero sentir que crece lentamente, mientras sigo trabajando, viviendo, e intentando, en ocasiones, alejarme de mí. Ahora vuelco toda mi energía en dos proyectos que para mí son muy importantes: “Por el Olvido”, con Aitor Saraiba y “L’Arbre”, con Guillermo Martorell, dos autores (dibujante y compositor respetivamente) a los que admiro y respeto. La foto de la que hablas hace referencia directa a un trabajo concreto, a una sola imagen. Se trata de un cartel literario que todavía no puedo desvelar, pero la presencia de referentes femeninos y la necesidad de visibilizar el problema de la desigualdad de género es el tema central.

Una de tus obras recientes y de las que me parece más enigmáticas es el retrato de Chimamanda Ngozi Adichie ¿Por qué la elegiste a ella?

Cuando empecé a trabajar en “La sed” encontré respuestas en una serie de mujeres escritoras que nos dejaron una obra de vital importancia. Todas ellas, a pesar de ser leídas en vida, de ser premiadas (¡hasta con Pulitzers!) y de vivir de su trabajo, no quedaron fijadas después en la historia ni en ningún libro de texto. Casi todas ellas acabaron suicidándose. Me dolió en el alma llegar a ellas con 34 años y ser crudamente consciente de que mi pensamiento se había formado a partir de la experiencia masculina. Toda la sociedad, hombres y mujeres, han formado su pensamiento a través de esa experiencia porque parece ser que todo aquello que afecta a los hombres es universal mientras que lo que nos afecta a nosotras es particular, concreto, incluso anecdótico. Es como si nosotros fuéramos un colectivo mientras que ellos representan a la raza humana. Colgué los retratos de todas estas mujeres en una pared de mi casa. Las llamé “despertadoras” en homenaje a la norteamericana Kate Bolick y a su libro “Solterona”. Y vi la magnitud del problema. Pues bien, esa magnitud que acabo de nombrar es irrisoria si tenemos en cuenta el problema en su globalidad. Esas mujeres despertadoras (Anne Sexton, Sylvia Plath, Teresa Wilms Montt, María Luisa Bombal, Victoria Ocampo, Virginia Woolf…) me llevaron a muchas otras mujeres y la pared fue creciendo. Una de ellas es Chimamanda Ngozi Adichie, una autora imprescindible en el panorama actual y en el feminismo.

 

 

La ilustración, por su expresividad, suele asociarse más con lo sentimientos internos y personales, ¿crees que un ilustrador también hace política con su obra?

Por supuesto. Toda decisión es política. Todo es política. Quien diga lo contrario también se está posicionando. ¿Qué le dirías a un ilustrador que está empezando? Le diría que los fracasos son imprescindibles. Que si no te equivocas es que no has arriesgado. Que en cada fracaso aparecen soluciones para aplicar en futuros trabajos. Que el miedo solo lleva al bloqueo, paraliza.

Y para acabar, en Kluid hablamos de música, moda, gastronomía y, cómo no, de ilustración… ¿nos recomendarías uno de cada?

Música: The National Moda: ¡ni idea! Gastronomía: Quique Dacosta Ilustración: Aitor Saraiba