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Historias sin firmar.

 

Querida Marie:

La última vez que viajé en avión, fue todo un delirio.

Probablemente te extrañe que lo diga, pero aquel trayecto fue distinto.

En realidad lo llamativo no llegó hasta cruzar el charco, soportar esa comida de gato, y los ronquidos de unos bronquios desgastados de un señor pedante, que estiraba su silla como si de un spa se tratase.

Hay gente que todavía se cree por arriba del bien y del mal.

Suerte que había una mujer muy atenta que me cedió su almohada y sus auriculares con los que huir de ‘la traviata’ que delante de mí sonaba.

Cuando por fin pude dejar ese pudoroso asiento, despedirme de esas azafatas con más horas de vuelo que de sueño, y cruzar una pasarela más larga que la que revivió a la insulsa televisión… llegué, al fin, al control de pasaporte.

Qué curioso.

En aquel instante, el destino se dividía en dos caminos. Ambos, separados por una discreta cinta.

En uno de ellos se encontraba aquel señor de la sinfónica de Londres que se decidió a dar su recital entre las nubes; y en el otro, transitaba aquella señora que amablemente me concedió su ayuda.

Para mi sorpresa, la diferencia entre aquellas dos sendas residía en el color del documento que el pasajero llevase.

¿Cómico, verdad?

En un mundo donde en teoría habita la ética, donde se empeñan en conseguir dar una educación neutral y sin diferencias, la hipocresía resaltaba en la mirada con la que aquellos seres, detrás de esos escaparates, te iban a juzgar.

Todo se resume a la trivialidad del destino. Al lugar de tu denominación de origen.

Qué dilema sin resolver.

Testigo de una burocracia,

culpable de aquella desgracia,

impotente al no saber qué hacer.

Déjense de joder, no me hablen de valores, cuando no saben qué carajo es.

Continúen limitándose, a ver con la rapidez que despachan a uno, y con la indiferencia que suscitan ante el otro.

Yo preferí tomar mi propia medida, tratar de dignificar por poco que sea al ser humano, y declararme definitivamente apátrida.

Lo lamento Marie.

Esto eran solo las palabras de una decepción, un poco más indiscreta que aquella cinta sin razón.

Cartas a Marie,

Historia sin Firmar.¡