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HISTORIAS SIN FIRMAR

 
“Y de tantas imperfecciones
un día surgió
la mayor perfección”

Prólogo, Historias sin Firmar.
Ya sea que haya llegado aquí por casualidad, o por simple curiosidad, o mediante la ayuda de una sutil invitación…
Sea como sea, le doy la bienvenida.
Agarre algo para tomar o con lo que relajarse, y pase. Yo haré lo mismo para aliviar este desastre.
Si está leyendo esto es porque he logrado ser absuelto; y por suerte o por desgracia, me he decidido a contar una de las tantas verdades que pueden llegar a coexistir en este mundo, en concreto, mi propia verdad.
En ella habitan toda una serie de historias que hartas de sufrir la humedad de un cajón necesitado de barniz, se atrevieron a dar un valor a su realidad… a sabiendas de que nadie quiso nunca firmarla.
Durante nuestros encuentros tendrá la oportunidad de llegar hasta donde quiera llegar, de leer hasta donde decida leer… en su conciencia estará la posibilidad de ir más allá del papel tintado.
En ningún momento se prive de nada. Si esto ocurre, le ruego que se marche.
Al igual que yo no le conozco, usted no lo hará. Únicamente podrá intentar trazarme en su imaginación.
No es que me niegue rotundamente a darle una oportunidad a lo nuestro, pero luego no dejamos a nuestras hijas ni hacerse fotos con la abuela… y eso es un problema.
Por cierto, suelo aparecer sin avisar. Espero que no se moleste por ello; simplemente decido hacerlo cuando lo considero necesario.
Y probablemente lo más relevante de todo: Es gratis.
En fin, en sus manos está asistir a esta divagación sin pretensiones, a este encuentro exento de compromiso ni uniforme; eso sí, quizá le sugiera acompañar la lectura con una canción que le facilite la comprensión de mi escrito.
Tome estas letras como una especie de prólogo y no se lamente si algo de lo que ve no le agrada.
Porque a veces las cosas no salen como queremos; y sin embargo, de tantas imperfecciones, un día surgió la mayor perfección.
A continuación le dejo uno de los relatos que componen “Cartas a Marie”, de la colección “Historias sin Firmar”.

Ah, casi lo olvido.
Enhorabuena, resulta épico que haya llegado hasta aquí.

Prólogo de Historias sin Firmar.

Querida Marie:
Como siempre, me siento en mi escritorio cada vez que llega la noche y solo queda la luz de mi habitación, para dedicarte unas letras antes de acostarme…
Esta mañana estuve tomando café en la cafetería de Pedro, ese hombre que tan bien me cae y que a ti te parecía un cotilla.
El local se mantiene igual. Igual de decrépito que siempre. Pasa la misma gente, con la misma cara de rutina de todos los días. Allí también estaba sentada una pareja de aspecto muy amable y agradable…
Hasta que di el primer sorbo a mi café. Parecía que un espectáculo se sincronizaba.
De repente la señorita comenzó a gritar como si no hubiera un mañana. Los asistentes, como era lógico, callaban y miraban. Todos entendíamos que algo por lo visto, pasaba…
Mientras que tomaba el segundo sorbo, degusté una sensacional combinación del grano de café caducado de Pedro, una serie de insultos que ni Reverte se atrevería a catalogar en la RAE, y un toquecito de azúcar moreno que endulzaba aún más la experiencia.
A saber qué había hecho aquel hombre.
Quizá le había mentido, o la había decepcionado. Él tenía ya sus años, la impotencia podría haber llamado a su puerta.
Sea como sea, algo grave tuvo que haber hecho.
En el tercer traguito, se levantó y le tiró el zumo en la jeta.
Aquello se ponía interesante.
La gente se tensó, pensaba que de algún asunto delicado se trataba. Incluso alguno de los presentes se acercó para apoyar a la señorita y consultarle si quería hacer llamar a la policía.
A todo esto yo me preguntaba:
¿Tan mal lo hacía en la cama?
Y para culminar el calentón del café, le dio una bofetada con un sabor un tanto extraño, como si supiese a poco.
Qué revés.
Qué delicadeza.
Ni Rafael Nadal con su mejor derecha.

Así pues, agarró su chaqueta y su bolso de Gucci para marcharse habiéndole dejado una notable propina.
El público salió de su silencio para mostrarle ni más ni menos que su desprecio al tipo.
A mí me sorprendía su aguante. Demasiado merecido lo debía de tener…
Fue entonces, cuando llegados al fin del show, fui a pedirle la cuenta a Pedro, quien se me acercó y me confesó al oído:
* “Y eso que ha sido ella quien le ha puesto los cuernos”.
… 


Putos prejuicios.
Cartas a Marie,
Historias sin Firmar