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La Mariposa

Me senté a su lado y no reaccionó. Su olor era dulce y hacía perder mis pensamientos

He llamado a los cuentos que aquí presento, hoy “La Mariposa”, con el nombre de “Microcuentos automáticos”. La técnica utilizada en poco o nada se parece a aquella que utilizaron los surrealistas, con André Bretón a la cabeza, pero sí que tienen ciertas similitudes. Se trata, casi con total seguridad, de un juego que yo mismo creo en mi cabeza.

El proceso es el siguiente: La única frase meditada, y sólo hasta cierto punto, es la primera. A partir de aquí yo sólo sirvo de conductor al cuento, que se va dibujando sin yo buscarle un sentido más allá del primero que me viene a la mente.

No se le deben buscar, por lo tanto, dobles sentidos escondidos ni significados demasiado profundos. Si en algún caso se cree que se ha encontrado alguna interpretación que vaya más allá de aquella más simple es, única y exclusivamente, responsabilidad del lector lidiar con ella.

Digamos que llego a una especie de trato con el cuento. Yo le doy un inicio reflexionado y sirvo como ente necesario para ser creado, pero mi tarea es mecánica, es él quien se escribe a sí mismo. Cuando escribo la última palabra, ya nada está bajo mi responsabilidad, es él quien debe saber cuidar de sí mismo.

“La Mariposa”

Me senté a su lado y no reaccionó. Su olor era dulce y hacía perder mis pensamientos

Art by Terayama Shúji

 

Pudiera ser que la primera vez que se me apareció fuera en forma de mariposa. Andaba yo esos días con la cabeza perdida entre escritos, dándole forma a alguna historia que se dejara contar, cuando el suave aleteo atigrado me robó lo mirada. La perdí de vista en seguida, y anduve buscándola entre la penumbra de la casa durante un buen rato, pero desistí en el momento en el que la historia volvió a pintar mis pensamientos. Estuve entre el pudiera ser y el fue durante unos días, pero ya olvidadizo desistí completamente de buscarla.

Cuando había pasado una semana, la mariposa volvió a aparecer, pero esta vez mucho más confiada, se posó frente a mis ojos y pareció quedarse petrificada en la esquina de la mesa. Seguramente la fascinación pudo conmigo y no reaccioné hasta que la vi perderse en el pasillo y, con ella, mi curiosidad se desvaneció como un azucarillo en café caliente.

La última vez que la vi en forma de mariposa fue en la mañana siguiente, cuando la belleza de sus alas reposaba en mi nariz grande después de un sueño mil veces interrumpido.

Esa misma mañana, después de un café que iba a sentarme mal y el cual iba a estar recordando gran parte del día, se me apareció en forma de gato. Lo primero que vislumbré fue su figura triste tras las cortinas traslúcidas de mi balcón. Tenía el pelaje negro y abundante, y brillaba en el sol del mediodía con pureza mayúscula. No llegaba a distinguir los ojos, pero en mi cabeza siempre fueron azules. Ni siquiera reaccioné cuando adiviné su silueta oscura corretear por el salón. Perdía la vista entre palabras y humo de cigarrillo, pero noté que pululaba por la habitación, jugueteaba curioso con algún objeto y se perdía, de nuevo, en la penumbra del pasillo.

Volvió a aparecer en los siguientes días, pero con resultados semejantes. No había nada en mí que me impulsara a cerrarle el balcón, ni siquiera a prestarle el mínimo de atención, sólo dejaba que entrara y se perdiera en la oscuridad. Un día, curioso, dejé las luces del pasillo encendidas para comprobar su reacción, pero el gato no pasó del balcón, soltó un maullido grave y se perdió entre las callejuelas. Día a día se me fue apareciendo en diferentes formas: Una carta que no llegaba a abrir en ningún momento, una araña de grandes patas que tejía su red en la mañana y la abandonaba en la noche y una lagartija enorme y verde que correteaba de lado a lado de la pared.

El día en el que fui consciente de que todo desaparecía en el pasillo, me senté en el sillón con cierto aire de preocupación. ¿Estarían allí la mariposa, el gato, la carta, la araña y la lagartija? Me encendí un cigarrillo para calmar mis nervios. No había salido de casa desde que había visto la mariposa por primera vez ¿Tendría allí una suerte de zoológico? Pese a la cobardía que me acompañó desde chiquillo, me levanté decidido y encendí las luces. El silencio era atronador, casi dolía en los oídos. La puerta esperaba al fondo con pereza y dirigí mis pasos hacia ella. Cuando abrí, el chirrido precedió a la figura alta que esperaba. Era una mujer joven, más joven que yo.

Entró sin decir una palabra, se sentó en el sofá, frente a mis escritos, y se encendió un cigarrillo. Sin perder la calma, seguí sus pasos entre confusión y me quedé plantado frente a ella, observándola.

Me fijé en sus rasgos y sentí, a cada segundo, una punzada de amargura. El pelo negro y brillante hacía resaltar sus ojos verdes. Vestía sus largas piernas en un vestido con detalles atigrados y, con tranquilidad absoluta, dejó una carta encima de mis papeles. Me senté a su lado y no reaccionó. Su olor era dulce y hacía perder mis pensamientos. Observó cómo terminaba la novela que me había ocupado aquellas semanas y se encendió otro cigarrillo.

Desde aquel día, la soledad vive en mi sofá y yo, para que no se acostumbre, sólo fumo con ella en las noches en las que no puedo dormir.

 

 

Texto por Adrián Oliver

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