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Las ratas de la alacena se habían comido ya hasta los huesos cuando entraste en la casa

He llamado a los cuentos que aquí presento, hoy “Las ratas”, con el nombre de “Microcuentos automáticos”. La técnica utilizada en poco o nada se parece a aquella que utilizaron los surrealistas, con André Bretón a la cabeza, pero sí que tienen ciertas similitudes. Se trata, casi con total seguridad, de un juego que yo mismo creo en mi cabeza.

El proceso es el siguiente: La única frase meditada, y sólo hasta cierto punto, es la primera. A partir de aquí yo sólo sirvo de conductor al cuento, que se va dibujando sin yo buscarle un sentido más allá del primero que me viene a la mente.

No se le deben buscar, por lo tanto, dobles sentidos escondidos ni significados demasiado profundos. Si en algún caso se cree que se ha encontrado alguna interpretación que vaya más allá de aquella más simple es, única y exclusivamente, responsabilidad del lector lidiar con ella.

Digamos que llego a una especie de trato con el cuento. Yo le doy un inicio reflexionado y sirvo como ente necesario para ser creado, pero mi tarea es mecánica, es él quien se escribe a sí mismo. Cuando escribo la última palabra, ya nada está bajo mi responsabilidad, es él quien debe saber cuidar de sí mismo.

 

Las ratas de la alacena se habían comido ya hasta los huesos cuando entraste en la casa

 

Las ratas de la alacena se habían comido ya hasta los huesos cuando entraste en la casa. Bien que caminabas tú con tus pantalones nuevos, brillantitos los tenías de recién estrenados. ¿Es que acaso ahora prefieres olvidar? Subiste las escaleras porque escuchaste el ruido de las patitas tamborileando en la madera vieja y te pareció raro. No lo niegues, en ninguno de los segundos que pasaron desde que entraste por la puerta hasta que llegaste a la alacena fuiste a imaginarte que aquello eran ratas. ¿Ratas en tu casa? ¡En la vida! Aquello debía ser algo peor.

Quizás cogiste algún objeto, algo contundente. ¿Cogiste el bastón? Aquél que encontramos tirado junto a la alacena parecía un buen objeto con el que asustar al muchacho pobretón que, en lo más oscuro de tu mente, estaba comiéndose tus manzanas.

Supongo que el miedo también te paralizó en algún momento y te quedaste parado en medio de las escaleras. Seguro que pensaste seriamente en la posibilidad de que no fuera un simple aficionado, sino alguien más robusto, alguien capaz de enfrentarse a tu bastón de madera de viejo ricachón y tus pantaloncitos nuevos, alguien que no estuviera comiéndose tus manzanas, alguien que quisiera el premio gordo. Me puedo imaginar cómo se te vendría el mundo encima al pensar en qué pasaría si realmente alguien estuviera hurgando en la alacena.

¿Penaste más por el miedo al intruso o por lo que encontraría si abría las puertas de madera profunda, de esa que mandaste traer del Amazonas a cuatro contrabandistas que podrían haberte traído madera del patio de detrás de sus casas y tú, desde la altura de tu sillón de cuero brillante no habrías alcanzado a distinguir? Vaya, supongo que eso ya son preocupaciones de gente de alta esfera, gente indescifrable como tú, ¿no? Te imagino tensando el bastón cuando llegaste al último escalón y te quedaste parado, intentando volver a escuchar el tamborileo en la madera.

Había una leve penumbra, como cuando nosotros llegamos a la casa, porque supongo que te quedaste paralizado cuando caíste en la conclusión de que todo había acabado. Para desgraciada sorpresa para ti, las ratas habían logrado entrar en tu palacio de mármol. Deberías haber sabido que las ratas huelen el cuerpo muerto de una muchacha desde bastante lejos, pero supongo que papá y mamá te enseñaron que, de tus problemas, se encargaban siempre otros.

Te imagino cayendo redondo del desmayo cuando viste el boquete que habían hecho las ratas en la pared, ¿Cierto? Cuando caíste en la cuenta de que lo que se veía al otro lado era la casa de la vecina Remedios, la vieja Remedios, esa que fue a olvidarse de su demencia senil y nos llamó en cuanto vio asomarse el brazo muerto de la muchacha, ya medio roído por las ratas. Lo demás ya no tengo que imaginarlo, porque lo vi con mis propios ojos.

 

Texto por Adrián Oliver

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