Se hundió por el peso de sus sueños.

Fase REM. Y los ojos empiezan a bailarle en las cuencas. Desde fuera parece tranquila –ay, si supieran–, pero en sueños corre detrás de un torbellino. Alarga las manos, estira todo el cuerpo, como si tuviese que demostrar que es la más veloz en una prueba de cien metros. Toma aire con la boca –unas fauces– muy abierta, llena el pecho, toma impulso. Pero lo que persigue se le escapa. Y no puede hacer nada, allí tumbada, inmóvil –salvo los ojos en sus cuencas y el corazón desbocado–. Las rodillas pierden fuerza y se detiene en seco, como un resorte, como un vehículo en el que han accionado la palanca de freno. Notaba los brazos de una especie de ninfa tirar de ella hacia abajo. Y se hunde. Hacia el fondo. ¿El fondo de dónde? Quién sabe…