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Te encontré fumando un cigarrillo a la vuelta de la esquina

He llamado a los cuentos que aquí presento, hoy “Te encontré”, con el nombre de “Microcuentos automáticos”. La técnica utilizada en poco o nada se parece a aquella que utilizaron los surrealistas, con André Bretón a la cabeza, pero sí que tienen ciertas similitudes. Se trata, casi con total seguridad, de un juego que yo mismo creo en mi cabeza.

El proceso es el siguiente: La única frase meditada, y sólo hasta cierto punto, es la primera. A partir de aquí yo sólo sirvo de conductor al cuento, que se va dibujando sin yo buscarle un sentido más allá del primero que me viene a la mente.

No se le deben buscar, por lo tanto, dobles sentidos escondidos ni significados demasiado profundos. Si en algún caso se cree que se ha encontrado alguna interpretación que vaya más allá de aquella más simple es, única y exclusivamente, responsabilidad del lector lidiar con ella.

Digamos que llego a una especie de trato con el cuento. Yo le doy un inicio reflexionado y sirvo como ente necesario para ser creado, pero mi tarea es mecánica, es él quien se escribe a sí mismo. Cuando escribo la última palabra, ya nada está bajo mi responsabilidad, es él quien debe saber cuidar de sí mismo.

Te encontré fumando un cigarrillo a la vuelta de la esquina

Fotografía by Michal Pudelka

Digamos que yo era yo y tú eras aquella mujer. Podríamos admitir, ciertamente, que aquella mujer tenía, más o menos, tu edad. En cambio, tu larga melena castaña se diluye en mi recuerdo y se va tornando de un tono más dorado. Esperabas delante de mí. La fila era inmensa, casi inacabable. Suspirabas, seguramente por el calor, por la inmensa pesadez del sol sobre tu sien, por la brisa ausente que dejaba paso a una humedad insoportable que hacía sudar la parte de detrás de tus rodillas, que brillaban en cada pequeño movimiento de tu postura, de la incomodidad de la fila que se movía más bien poco.

Yo aguantaba el golpe con ligera entereza, con la mirada perdida entre las cosas de ayer y hoy, con la mala elección de chaqueta que tenía que acompañarme durante todo el día, los chorretones de sudor cayendo con sorna por mi espalda. Alguien, un poco más allá, se quejó del tiempo, dijo que, con tanto cambio de tiempo, vendrán los resfriados. Un movimiento de cabeza le dio la razón y yo, con cansancio acumulado, apoyé medio cuerpo en la pared que tú mirabas con tranquilidad. Soplaste el flequillo que caía en la parte derecha de tu cara, y la primera brisa oportuna trajo a mí el sabor a café y cigarrillo de tu aliento. Lo respiré con suavidad.

La cola avanzaba, ahora cada vez más rápido y tú, con elegancia innata, volteaste tu figura alta y cruzaste, por divina casualidad, tus ojos con los míos. Te miré, esta vez con motivo. Se me olvidó por un momento que tú no eras tú, que no estaba en una fila aburrida, que me encontraba en alguna parte del mundo en el que no hacía calor.

Percibí por primera vez el olor de tu perfume, era dulce y poco adecuado para aquel calor, pero mi olfato se perdió entre los matices y no fui consciente de que la fila avanzaba y recibí una queja a mi espalda que hizo que giraras la cabeza, te fijaras en mí y sonrieras con dulzura. La fila llegaba a su fin. Cogiste lo que te ofrecieron y, dando media vuelta, te perdiste en la esquina.

Y fue entonces cuando me percaté de que tú no eras tú, y armé mi valentía, salté de la fila en el último momento, te encontré fumando un cigarrillo a la vuelta de la esquina, te ofrecí tomar un café y pasé la tarde contigo.

Fotografía by Michal Pudelka

Texto por Adrián Oliver

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