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Tendrías que haber visto ese lugar. Había tantas puertas…

Puerta de puertas

Tendrías que haber visto ese lugar. Había tantas puertas… y cada una con una forma y un color distintos. Las había de hierro con estilo gótico, viejas, con olor a barniz, pequeñas y entreabiertas, selladas, grandes y vistosas, otras constaban de un simple marco roído por la carcoma, amenazando con venírsete encima si lo rozabas con el hombro… y no todas eran rectangulares, había modernas puertas que exigían adecuar la forma de tu cuerpo para poder entrar, como si uno mismo ya fuera una llave.

En serio, estaba abrumado, así que me senté en una roca para decidirme con toda la calma del mundo, y ya estaba pensando cómo había ido yo a parar a ese lugar en medio del bosque, cuando noto ese olor a gofre, que venía de la puerta cubierta con la banda de “No pasar, escenario de un crimen”. En un principio lo descarté, había demasiadas, pero en seguida mis piernas empezaron a moverse solas y en unos segundos tenía la mano en el pomo, ya girando.

Si recuerdo con frescura lo que ocurrió después, no es porque pueda contarlo con continuidad exactamente. No: estaba en casa, volvía a tener quince años. Mi padre había vuelto a beber. Había quedado para ir a la playa con mi grupo de amigos y estaba buscando el móvil por el sofá mientras mi hermano jugaba a la videoconsola a todo volumen. Luego cogía el tranvía hasta un pueblo cercano, donde me esperaban todos, unos en el agua y otros conversando animadamente en la arena. Todos se bañaban y yo tenía un ratito de intimidad a solas con la chica que me gustaba. Cenábamos juntos y por último regresaba a casa, creyendo que me echarían la bronca por alargar la noche y coger el último tranvía. Me iba a la cama pensando en cuándo sería la próxima vez que quedaríamos.

Eso era todo, ni más ni menos, tal y como sucedió ya hace veinticinco años, tal vez con algún detalle al que antes no le había dado mayor importancia, como la señora que resbaló en el transporte público, y tampoco iba a dársela ahora. Si había ocurrido algún crimen, vete a saber dónde y en qué periódico salía.

Recobré la semiconsciencia sobre la hierba mojada y entre las puertas de nuevo. Todavía estaba en trance mi yo corpóreo, así que tenía unos minutos al menos para intentar encajar lo ocurrido. A lo mejor -pensé primero-, estoy aquí porque tengo que aprender algo que se me había escapado hasta ahora. Y no era mala idea, pero conforme fui yendo las veces posteriores fue quedando descartada, pues todo volvía a ocurrir como siempre y era incorregible… y es que, más tarde lo supe, esa era la única y molesta regla de aquel lugar, que todo tenía que suceder tal y como había sucedido siempre.

¿Que si probé con otras puertas? Obviamente. Y, por si tenías alguna idea de hacerlo, no te recomiendo volver a nacer si un día vas por allí. Pero por alguna razón, ese olor a gofres era lo más poderoso de la encrucijada, así que volvía a ese día una y otra vez.

Tío, esa sensación enganchaba. Vale, nada podía cambiarse, pero en ese tranvía y en esa playa ningún sobresalto podía ocurrir. Era un día más o menos normal, con sus tristezas, sus alegrías, sus momentos monótonos… pero al fin y al cabo, nada podía sorprender, y eso no acababa de aburrirme.

Por supuesto, te estoy contando esto porque hay algo más, si es lo que estás pensando. Una de las veces, pasé tanto tiempo allí que no recordaba si había venido del bosque o de una de las puertas, y en ese caso de cuál. Empecé a recorrer todos los días y no podía situar ninguno más adelante o más atrás. Había perdido por completo la cronología de mi vida. Por suerte, noté en el cuerpo una corriente de aire frío que me hizo abrir los ojos sin necesidad de puerta alguna. Volví aliviado a la rutina. Desde entonces no he vuelto a ir por allí.

Tuve miedo. ¿Sabes? barrer las calles no está tan mal como parece. Es un trabajo tranquilo, no hay mucho riesgo y no se cobra mal. Tengo un perro en casa y estoy pensando en traerme un gato callejero que me ronda el patio a menudo. Nunca me falta la comida ni una cerveza fría en la nevera. Veo a mis hijos cada quince días y puedo permitirme un viaje una vez al año…

Lo que quiero decir es que yo ya no necesito estas llaves para nada. Si las quieres, son tuyas. Tal vez a ti te sirvan de algo. Todo lo que tienes que hacer es sentarte a solas y en silencio con los ojos cerrados y apretar las llaves en la mano con fuerza.

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Texto por Carlos Valero