Viejo Bull

El sueño adolece y las balas son las últimas que dejan rastro.

El pistolero ha dejado de buscar en la guantera del coche caminos de sangre sin rastrear.

Y cuando el humo del cigarro se esconde en el bigote amarillo del maestro de los sueños, yo salgo a buscar brújulas que no dirijan al norte, llaves que no arranquen coches ajenos,

baterías que aliñen mis piernas

para caminar lejos del fallecido destino.

Dibujar entre los tatuajes de mi cuerpo,

el código del alma, la definición de mi ser.

Y cuando levante los ojos al cristal de las botellas del bar del olvido, el guardián de las penas con ojos atizonados, enfundado en un sombr

 

ero oscuro

y acariciado por unas manos tercas

llenas de salitre,

una luz subterránea le amortaje

junto al rincón de una calle perdida.