Imaginarnos cómo sería nuestra vida en los años 80. Vernos convertidos en personajes de anime. Probar, casi como un juego, cómo sería nuestra versión de nosotros mismos en otro tiempo, otro universo o incluso con otro rostro. Hoy, generar imágenes con IA para descubrir todas esas posibilidades se ha convertido en una forma de jugar con nuestra propia identidad. Hasta que, quizá sin darnos cuenta, dejamos de mirarnos como somos.
En un mundo que nos permite ser infinitos, Wolfgang Stiller nos recuerda que somos efímeros
La búsqueda del ser humano por entenderse, por reconocerse y por comprender cómo existe ante los ojos de los demás no es nueva ni tiene un final claro. Llevamos siglos intentando descifrar nuestro cuerpo, nuestro rostro y la forma en la que ocupamos un espacio frente a los otros.
Y quizás por eso resulta tan interesante encontrarse con una obra como la de Wolfgang Stiller, que lleva años haciendo justo lo contrario: en lugar de multiplicar nuestra identidad, la reduce a una figura mínima, frágil y casi anónima a través de su serie Matchstickmen.
En un mundo que nos permite ser infinitos, Wolfgang Stiller nos recuerda que somos efímeros
Con un recorrido de más de 40 años como artista, su obra abarca escultura, dibujo e instalación, mostrando un interés complejo pero sutil por los cuerpos y organismos, humanos y de otro tipo, a través de la escala y el materialismo.
Stiller vivió momentos clave de una historia moderna en la que también se redefinió el rol del individuo dentro de sociedades que cambiaban cada vez más rápido. La caída del Muro de Berlín, la llegada de internet a nuestra vida cotidiana durante los años 90 y su crecimiento casi violento e imparable hasta nuestros días forman parte de ese contexto.
Su juego siempre fue a través de metáforas visuales y de dejar un poco que también los espectadores hagan sus propias interpretaciones. En los 90, a través de sus instalaciones de látex, el futuro ya estaba al alcance de nuestra mano y, para el artista, la actitud del individuo comenzaba a volverse más superficial. La tecnología ya nos acompañaba cada vez más en el día a día.
Con el pasar de los años, Stiller siguió jugando con los materiales, hasta que finalmente presentó Matchstickmen, la primera serie que muestra la forma humana real.
En esta serie se produce una inversión en el uso del espacio respecto a sus trabajos anteriores, donde la figura se convierte en el foco principal y debemos imaginar su entorno.
Y quizás, en un entorno donde ya predominan las imágenes generadas por IA, a veces por comodidad, a veces porque grita novedad, no es casualidad que el alemán decida poner al ser humano en el centro.
Porque además no es solo eso. Es también lo efímeros que somos, siendo un simple puntito en una línea de tiempo que, por el momento, parece ser infinita. Con esa necesidad de sentirnos eternos, de agradar, de no entender que somos seres cambiantes y contradicciones viviendo dentro de uno.
Pero también nos encontramos con rostros agotados, ni siquiera sufriendo, pero pareciera que están bufando, hartos o quizás resignados de estar donde están, encajados en ese cuerpo de cerilla sin saber cómo salir.
Y quizá ahí está una de las cosas más interesantes de Matchstickmen: no hace falta que sus figuras estén sufriendo para que nos resulten incómodas. Hay algo en esos rostros, en su “postura” y en su escala que nos hace pensar en nosotros mismos, en lo pequeños que podemos llegar a sentirnos y en lo extraño que es habitar nuestro propio cuerpo.
Pero, ¿cómo empezó todo esto? Con unos materiales que estaban a punto de acabar en la basura. Cuando trabajaba en una película en Pekín, en el estudio, una vez finalizado el rodaje, quedaron moldes de caras para atrezo y trozos de madera. Al unirlos surgió esta serie.
A día de hoy, la serie Matchstickmen también ha sido expuesta en distintos lugares, entre ellos Dale y Kunstlandskap Fjaler, en Noruega, y la Changwon Sculpture Biennale, en Corea del Sur.
Finalmente, la serie del artista alemán nos pone enfrente el recordatorio de que somos efímeros en todo, tanto nosotros como esa story de Instagram en la que cada vez pensamos más qué subir y qué no. Seguramente en una semana ya nos olvidamos de lo que pusimos, pero en el momento causó sensación. Y quizás eso también dice mucho de cómo entendemos nuestra propia existencia.
Las instalaciones que vemos son muy distintas entre ellas. Aunque el mensaje sea bastante trascendental, es importante que tampoco se pierda lo lúdico y darle un toque de ligereza, porque quizá eso también forma parte de lo que somos.
Podemos pasar horas intentando construir una imagen de nosotros mismos, pensando qué rostro enseñar, qué versión queremos proyectar y qué queremos que los demás recuerden. Ahora incluso podemos utilizar la IA para imaginarnos de mil maneras diferentes. Pero seguimos teniendo un cuerpo que cambia, que se cansa y que, aunque no queramos pensarlo demasiado, tiene un límite.
Más que nunca, esta obra de Wolfgang Stiller hace de espejo de lo que estamos viviendo hoy en día. No de una manera dramática y apocalíptica, sino más bien invitándonos a pensar y forzándonos a mirar en un mundo donde, más allá de la conexión virtual que pueda existir, también parece haber una desconexión con el ser; donde algo tiene la posibilidad de existir solo a través de la viralidad y del algoritmo que lo acompaña.
Y si le dejamos espacio a esa ligereza y fragilidad, sin tanta moldura, a ver… tan mal no está, ¿no?
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