Entre cuerpos fragmentados, ojos que observan y una paleta dominada por el azul, Celia Gallego construye un universo pictórico donde lo real y lo onírico conviven. Su obra nace de los sueños, pero también de aquello que permanece escondido bajo la superficie: el miedo, la ansiedad, la hipervigilancia o la necesidad de comprenderse. Para ella, pintar no fue nunca una decisión, sino una forma de existir.
Celia Gallego «La pintura siempre fue mi manera de expresarme»
Desde las servilletas que llenaba de dibujos con apenas dos años hasta sus lienzos actuales, la pintura ha sido su manera de traducir aquello que no siempre puede decirse con palabras. Magritte, Remedios Varo y Leonora Carrington aparecen entre sus grandes referentes, mientras que el inconsciente se convierte en el territorio desde el que construye una obra cada vez más consciente de sí misma. Hablamos con la artista sobre sueños, miradas, color y sobre esa extraña capacidad de la pintura para decirnos cosas que todavía no sabíamos de nosotros mismos.
¿Cómo empezaste a pintar y en qué momento sentiste que la pintura podía convertirse en tu forma de expresarte?
Creo que no existe ningún momento concreto en el que yo empezara a pintar, porque siempre he pintado. Desde muy pequeña, mis padres ya me recordaban pintando con dos años. Tengo la mítica anécdota de cuando salían a tomar algo y yo siempre pedía una servilleta y un boli para pintar. De hecho, todavía guardan servilletas de los bares en las que yo pintaba.
Creo que ese es el tema: siempre fue mi manera de expresarme. Si supiera expresarme de otra manera lo haría, como puede ser también con la escritura, que combino mucho con la pintura, pero todo culmina con ella. Creo que eso nació conmigo y yo nací con ello. Nunca hubo un momento en el que sentí que podía ser mi forma de expresión, sino que ya lo fue desde el momento en el que nací.
A simple vista, algunas de tus obras pueden recordar al universo surrealista de Dalí o Magritte. ¿Qué artistas han dejado una huella más profunda en tu manera de mirar y crear?
Si tuviera que elegir al primer artista que me voló completamente la cabeza sería Magritte. Recuerdo entrar en la exposición que se hizo en el Museo Thyssen hace unos años y pensar: «Es esto. Esto es lo que yo quiero pintar».
A partir de ahí comencé a investigar muchísimo sobre el surrealismo. Empezaron a interesarme especialmente los sueños y su interpretación, y llegué a autores como Freud y Jung. Hasta que llegué a las dos maravillosas e increíbles brujas del surrealismo: Remedios Varo y Leonora Carrington.
Para mí, ellas lo son absolutamente todo. Me fascina su manera de entender la pintura y de convertir el arte en una forma de expresión profundamente personal. La sorna de Remedios Varo y el universo todavía más místico de Leonora Carrington. Son como mis madres en la pintura.
«No soy yo quien mira esos ojos, son ellos quienes me miran a mí»
Tus personajes aparecen muchas veces fragmentados, deformados o en plena transformación. ¿Qué te interesa explorar a través de esos cuerpos que parecen estar entre lo real y lo imaginado?
Si tuviera que señalar algo real dentro de mis cuadros serían justo esos cuerpos fragmentados. Funcionan como la crisálida o el envoltorio de toda la parte más mística, surrealista e inconsciente de mi obra.
Esos cuerpos fragmentados representan pequeñas partes de nuestro consciente que se han introducido accidentalmente en el inconsciente. Son fragmentos de aquello que reconocemos como nuestro yo visible, pero que han terminado escondidos ahí abajo. Elementos que han llegado al inconsciente conservando su forma más carnal.
Cada fragmento posee, además, un significado: una oreja puede representar la hipervigilancia; una nariz, el olfato de la ansiedad; y un ojo, ese estado permanente de alerta. Son partes del consciente que intentan adentrarse en nosotros y decir: «Quiero controlar el inconsciente».
Antes retrataba estos cuerpos desde el exterior para hablar de cómo el ser humano está formado por fragmentos de muchas otras personas: de quienes nos han educado, nos han influido… Ahora ese retrato lo miro desde dentro.
Los ojos son uno de los elementos más reconocibles de tu obra. ¿Qué tienen las miradas que te resulta imposible dejar de pintar?
Durante mucho tiempo pensé, de una manera bastante superficial, que me gustaba pintar ojos porque casi todos los miembros de mi familia los tienen azules o verdes, excepto unos pocos —mi madre, mis tíos y yo— que los tenemos marrones. Me decía a mí misma que me fascinaban porque había crecido rodeada de ellos.
Pero hablando con mi psicóloga comprendí que esa explicación era una excusa que me había dado para no indagar en mi verdadera obsesión con la mirada. Después de muchas sesiones de terapia me di cuenta de que no soy yo quien mira esos ojos, son ellos quienes me miran a mí.
Siento un miedo absoluto a que me observen y me analicen, algo que ocurre constantemente cuando estás expuesta en redes sociales, algo con lo que he crecido desde los catorce años más o menos. Existe ahí un juego extraño: aunque me aterra ser observada, dentro de las redes soy yo quien controla el discurso. Decido qué quiero enseñar y qué pueden ver los demás.
Mi verdadero miedo es que alguien consiga verme por dentro tal y como soy, sin ninguna pared ni muro consciente que me proteja. Por eso pinto ojos de una manera casi compulsiva. Están presentes en prácticamente todas mis obras y, cuando decido que no aparezcan, es porque lo he meditado muchísimo.
Esos ojos miran siempre al espectador y parecen decirle: «Mírame, mírame, mírame», aunque realmente no quieren ser observados. Hay una especie de vicio en ello.
«No pinto el escenario de un sueño, sino la sensación que permanece al despertar»
Hay algo muy onírico en tus cuadros, como si estuviéramos entrando en un sueño que no terminamos de comprender. ¿Sueles pintar imágenes que has imaginado, soñado o vivido?
Es curioso porque existen un par de obras con las que sí he soñado de manera muy concreta. Una de ellas es Persistencia de un asiento, que actualmente está en la casa de una coleccionista en Berlín, algo que me hace muchísima ilusión. En el sueño me veía pintando esa obra y también soñé con la escena de otra pieza que realicé el año pasado, titulada Juntos y muy revueltos.
Normalmente no pinto el escenario literal de un sueño, sino la interpretación que hace mi cerebro de él. No intento reproducir el plató o el metraje de esa película que vemos cada noche, sino la sensación que permanece al despertar. Como el sueño no es real, lo que conservamos de él es una sensación.
Cuando me levanto, intento identificar qué he experimentado: la ansiedad, el sufrimiento, el miedo o cualquier otra emoción que haya aflorado desde mi inconsciente.
¿Pintas para entender lo que sientes o descubres lo que estabas sintiendo una vez que terminas el cuadro?
Depende mucho de la pieza, porque creo que cada obra tiene una forma distinta de nacer y desarrollarse. Hasta quizá el año pasado no era del todo consciente de qué estaba pintando ni por qué. Sabía que había encontrado un lenguaje propio y reconocible, hasta el punto de que alguien podía mirar una obra y decir: «Esto es Celia Gallego». Pero realmente no sabía muy bien qué andaba haciendo. Buscaba pequeñas justificaciones para explicar aquello que aparecía en mis cuadros.
Y pasó algo increíble cuando hice un curso de clínica de obra en el que debía compartir las imágenes que me inspiraban a la hora de hacer obras. Envié una selección y las dos artistas y curadoras que impartían el curso me dijeron: «Celia, aquí hay una cantidad enorme de simbología del inconsciente».
Cuando comenzaron a analizar las obras sentí que me habían desnudado por completo. Identificaron con una precisión espectacular cosas que me pasaban en aquel momento y que estaban presentes en esas piezas: la hipervigilancia, el miedo a la observación, el no conectar con tu niña interior o incluso con tu propio interior actual.
Fue alucinante. Pensaba que nunca había pintado una pieza con esas intenciones y ellas me respondían: «Quizá no era tu intención, pero está presente». La obra me estaba hablando y el inconsciente se canalizaba a través de la pintura.
Hay obras que pinto para intentar entenderme y otras que nacen después de haber atravesado un proceso, en el que la terapia también tiene un papel muy importante. En esos casos pienso que ahora que tengo toda esta información quiero pintar sobre ello. Aun así, la obra siempre consigue sorprenderme.
Cuando la termino y vuelvo a observarla, continúo descubriendo relaciones, símbolos y significados que no había previsto o ni siquiera tenía en la cabeza. Es un camino muy bonito, pero también doloroso, porque a veces descubres partes de ti o situaciones guardadas en el inconsciente que quizá preferirías no conocer.
«Mientras el azul me siga llevando a tantísimos lugares, seguiré usándolo»
¿Con qué color no puedes dejar de pintar? ¿Y hay alguno que jamás utilizarías?
Claramente, el color que jamás dejaré de utilizar y seguirá siendo el leitmotiv de mis obras es el azul. Antes decía que solo sería el ultramar, que sigue siendo mi gran protagonista, pero ahora uso en casi todas mis obras mis cinco azules de cabecera.
Y si tuviera que pensar en algún color que jamás utilizaría, se me viene a la cabeza algún verde, muchos marrones como color plano… Pero realmente cada obra tiene un arco tan amplio de colores y de sensaciones que no me atrevería a decir «de este agua no beberé».
Lo que sí tengo muy claro es que mientras el azul me siga llevando a tantísimos lugares, seguiré usándolo hasta que me prohíban comprar más, jajajaja.
¿Hay algún cuadro tuyo que hayas terminado y hayas pensado: «Esto habla de mí mucho más de lo que quería»?
Hay dos cuadros concretamente que, cuando los hice, me sentí demasiado expuesta. Los rellené con demasiados artificios y no terminaban de funcionar. Le metí trozos de rostros que no venían a cuento porque, además, uno de esos cuadros justo hablaba del desnudo, de estar desnudo y escondido, y estaba viéndose todo lo contrario: recargado y expuesto de una manera muy extraña.
Tenía mucho miedo de exponerme así y acabé borrando medio cuadro y comenzando desde la mitad.
Siempre me incomodó verlo y tenerlo en el estudio. Ahora está en la casa de una persona maravillosa que sé que lo estará cuidando muchísimo. Yo no quería ni verlo más. Era como tenerme frente a frente diciéndome «esto soy yo». Qué incómodo para mí en ese momento.
«Hago un pequeño TFG antes de pintar»

¿Qué ocurre en tu estudio antes de que aparezca una obra? ¿Eres de las que llegan con una idea clara o dejas que el cuadro te lleve por donde quiera?
Soy muy, muy recta a la hora de crear desde que surge la idea. Donde me dejo fluir es en el boceto. Ahí no tengo miedo a borrar, a confundirme, a comenzar de nuevo. Pero en el lienzo para mí era algo totalmente distinto: ahí sí tenía un miedo atroz a confundirme o improvisar.
Ahora me obligo un poco. No puedo hablar de lo onírico, los sueños y la magia del inconsciente y no dejarle que haga un poco lo que le plazca en el lienzo. Pero tampoco nos pasemos, sigo siendo muy recta y disciplinada, jajaja.
Antes de cualquier obra escribo sobre ella, hablo sobre mi sensación con esa idea y cómo he llegado a ella, dialogo en el papel conmigo misma e investigo la simbología que quiero poner. Hago un pequeño TFG, de alguna manera. Me ayuda muchísimo a poner todas las ideas sobre la mesa y poco a poco en mi cerebro se va formando más y más nítida la imagen que ya tenía de algún modo en el boceto del boceto del boceto en mi cabeza.
Después la pinto malamente en boli en mi diario junto a los textos, de ahí paso al iPad y de ahí al lienzo.
Si tu universo artístico pudiera convertirse en una película, ¿qué director, banda sonora y estética tendría?
Creo que es la mejor pregunta que me han hecho en la vida y me he agobiado pensando en este libre albedrío de elegir, jajajaja. El director, sin duda, sería Aronofsky. La delicadeza y la agonía que desprenden sus películas, Mother! o Cisne Negro, creo que encajan mucho con mis obras.
El comienzo de Mother! siendo una casa en un lugar mágico, onírico, bonito y feliz y, según va pasando el metraje y te adentras más y más y descubres qué maldita agonía está pasando, no entiendes nada, te agobias y de pronto, un segundo, comprendes todo y dices: «Qué tío más raro, me la has colado». Ojalá la gente sienta algún día eso con mis piezas.
La banda sonora me quedaría con Abel Korzeniowski, que hizo la banda sonora de mi serie favorita, Penny Dreadful, y su pieza Dance for Me Wallis. Me la he puesto mientras escribo esta respuesta y es que se te va la olla, es una maravilla.
Y la estética tendría que ser una mezcla entre Estudio Ghibli y Wes Anderson. Siento esta mezcla un poco cóctel molotov.
«Pintamos también para dejar algún tipo de huella»
¿Qué te da más miedo como artista: que alguien no entienda tu obra o que la entienda demasiado bien?
Creo que ambos son un miedo que tenemos todos: ser tan obvios que no tienes esa magia de quedarte mirando un rato más y, por supuesto, la indiferencia de decir «no la entiendo» y que se pase de largo. De alguna manera ambas evocan un poco al olvido.
Y si somos artistas, creo que nunca querríamos que se nos olvidase. Pintamos también para dejar algún tipo de huella.
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