Cuando septiembre llega a su fin, las playas empiezan a vaciarse, las sombrillas desaparecen de la arena y las fotografías de las vacaciones pasan a ocupar el carrete del móvil. Pero hay un fotógrafo que entendió como pocos que el verano también podía ser un retrato de nosotros mismos.
Martin Parr y el verano que nunca termina
Pocas personas supieron fotografiar ese instante como Martin Parr. Quizá porque Parr nunca fotografió el verano que imaginamos antes de irnos de vacaciones. Fotografió el que realmente vivimos. El de las playas llenas, los turistas sudando bajo el sol, los niños aburridos, los buffets de hotel, los flotadores, las sombrillas, los souvenirs y los cuerpos que, después de varios días de vacaciones, ya no tienen ninguna intención de posar.
Su cámara encontraba algo extraordinario precisamente ahí: en lo cotidiano, en lo incómodo, en aquello que normalmente no consideramos digno de ser fotografiado.
Y, al hacerlo, convirtió la vida ordinaria en uno de los grandes retratos visuales de nuestro tiempo.
Fotografiar lo que tenemos delante
Martin Parr nació en Epsom, Surrey, en 1952. Su interés por la fotografía comenzó muy pronto, alentado por su abuelo George Parr, fotógrafo aficionado. Entre 1970 y 1973 estudió fotografía en Manchester Polytechnic y comenzó a desarrollar una mirada que acabaría alejándose de las convenciones del documental social británico. En 1994 se convirtió en miembro de pleno derecho de Magnum Photos.
Su fotografía tenía algo aparentemente sencillo: mirar alrededor y fotografiar lo que estaba pasando. Pero detrás de esa sencillez había una mirada extraordinariamente precisa. Parr observaba los hábitos de una sociedad cada vez más globalizada y encontraba sus contradicciones en los lugares más comunes. Las vacaciones, el turismo, el consumo, la comida, la publicidad o la obsesión por fotografiarlo todo se convirtieron en algunos de sus grandes temas. No necesitaba viajar hasta lugares extraordinarios para encontrar una historia. Le bastaba con una playa.
El verano de The Last Resort
Entre 1983 y 1985, Parr comenzó a fotografiar New Brighton, una localidad costera cercana a Liverpool. Allí nació The Last Resort, probablemente su trabajo más emblemático y una de las series fundamentales para entender la evolución de la fotografía documental británica en color.
Las imágenes están muy lejos de la postal turística. Hay familias, niños, comida, basura, piscinas, tumbonas, cemento, juguetes y cuerpos tomando el sol. Todo aparece saturado de color y atravesado por el flash directo de Parr. El verano no es aquí un paisaje idílico, sino un escenario abarrotado donde las personas se mezclan con los objetos y donde lo absurdo aparece en cada esquina.
La serie fue realizada durante los calurosos veranos de 1983 y 1984, cuando las grandes masas de visitantes acudían a New Brighton. La llegada de una nueva cámara, la Plaubel Makina W67, terminó de consolidar el paso de Parr al color.
El resultado fue, en su momento, incómodo.
Cuando The Last Resort se mostró por primera vez, algunos críticos acusaron a Parr de crueldad y condescendencia hacia la clase trabajadora británica.
El turista también es un paisaje
Después de New Brighton llegaron otros escenarios. El fotógrafo llevó su cámara a diferentes lugares del mundo para observar una nueva figura que empezaba a definir la sociedad contemporánea: el turista.
En Small World, publicada en 1995, Parr convirtió el turismo internacional en objeto de estudio. Monumentos, playas, excursiones organizadas, souvenirs y grupos de visitantes aparecen como parte de un enorme teatro global en el que todos terminamos interpretando papeles similares.
España también entró en ese universo. En 1999 publicó Benidorm, un libro dedicado a uno de los grandes iconos del turismo de masas.
Y resulta difícil pensar en un paisaje más «Parr» que Benidorm. Hoteles, piscinas, playas saturadas, turistas extranjeros, pieles quemadas por el sol, bebidas, sombrillas y cuerpos que ocupan cada centímetro disponible. Lo que para algunos podía representar el exceso o el mal gusto se convertía, para Parr, en un fascinante documento sobre cómo vivimos y le interesaba la vida cuando dejaba de intentar parecer bonita.
El color de lo cotidiano
Parte de la revolución de Parr estuvo precisamente en cómo utilizó el color.
Sus fotografías parecen casi demasiado intensas. El rojo de una quemadura, el amarillo de un flotador, el azul de una piscina, el rosa de una camiseta. El flash aplana las escenas y elimina cualquier posibilidad de nostalgia romántica.
Parr entendió que la memoria también está hecha de detalles absurdamente pequeños.
Su obra Common Sense, por ejemplo, llevó esa fascinación hasta el extremo: comida, cuerpos, objetos y gestos cotidianos aparecen fotografiados de cerca, construyendo una especie de inventario visual de la cultura del consumo. La serie, presentada internacionalmente desde 1999-2000, es otro ejemplo de su manera de convertir lo banal en un documento social.
Quizá la ironía también sea una forma de cariño
Es fácil reducir a Martin Parr a «el fotógrafo que se ríe de los turistas». Pero hacerlo sería quedarse en la superficie. Porque detrás de su ironía había, sobre todo, fascinación. Parr era un observador compulsivo. Quería mirar, coleccionar, fotografiar. Su archivo terminó convirtiéndose en una enorme memoria visual de la sociedad contemporánea y su trabajo se extendió mucho más allá de la fotografía documental: libros, cine, moda, publicidad, comisariado y una intensa labor de apoyo a otros fotógrafos.
En 2017 creó en Bristol la Martin Parr Foundation, concebida como un espacio para conservar su archivo y apoyar a fotógrafos emergentes, establecidos y olvidados vinculados especialmente a Gran Bretaña e Irlanda.
El último verano
Martin Parr murió en Bristol el 6 de diciembre de 2025, a los 73 años. Pero hay algo especialmente coherente con su trayectoria en la manera en que terminó su vida profesional: siguió fotografiando hasta el final. El día anterior a su muerte estaba trabajando en Italia, intentando mejorar una fotografía que había hecho anteriormente de unos turistas frente al Duomo de Milán.
Turistas, una vez más. Incluso después de décadas fotografiando playas, monumentos, hoteles y ciudades, seguía encontrando algo que mirar.
Por eso sus fotografías continúan resultando tan actuales.
Quizá por eso, cuando septiembre llega a su fin y empezamos a guardar las fotografías de estos meses, las imágenes de Martin Parr vuelven a aparecer.
No porque sus veranos sean exactamente como los nuestros, sino porque reconocemos en ellos algo que no ha cambiado: nuestra manera de ocupar una playa, de viajar, de consumir, de descansar y de querer guardar una prueba de que estuvimos allí.
Parr entendió que el verano también era un retrato.Y ahora que septiembre termina, su cámara nos recuerda que quizá nunca fotografiamos unas vacaciones para recordar únicamente el lugar. Las fotografiamos para recordar quiénes éramos cuando estuvimos allí.
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