Cada año, durante la última semana de julio, Aspen deja de ser un pueblo remoto en medio de las Montañas Rocosas y se convierte en un vórtice: probablemente la mayor concentración del mundillo del arte por metro cuadrado que existe, apretada en un puñado de cuadras de montaña. Curadores, artistas, coleccionistas y visionarios del diseño convergen ahí, atraídos por la combinación poco común entre el arte más exigente del verano y un paisaje sublime. Viví dos años en Aspen y, como asesora de arte, continuaré volviendo cada julio por varias razones a la vez: para reunirme con clientes, buscar piezas para sus colecciones, ver hacia dónde se mueve el mundo que me formó y reencontrarme con la gente que quiero.
Aspen, otra vez: por qué el verano me lleva de regreso a las montañas

Lo que pocos saben es que esto no es un fenómeno reciente. Aspen lleva casi ochenta años siendo, en secreto, una de las capitales culturales de Estados Unidos. Todo empezó con Walter Paepcke, un industrial de Chicago que en 1946 invitó a Herbert Bayer, antiguo maestro de la Bauhaus, a pasar la Navidad en el pueblo. Bayer se quedó. Entre 1953 y 1973 diseñó el campus completo del Aspen Institute, aplicando los principios de la Bauhaus a un pueblo minero de montaña, con la idea de que el diseño podía ser, literalmente, una forma de vida. Paepcke llamó a esto “la idea de Aspen”: mente, cuerpo, espíritu. Casi ochenta años después, esa idea sigue financiandose. En 2022 abrió el Resnick Center for Herbert Bayer Studies, en el mismo campus que Bayer diseñó, dedicado al estudio de su legado. No es nostalgia. Es un pueblo que sigue invirtiendo en la misma apuesta que hizo Paepcke hace casi ocho décadas.

Ese ADN es lo que hace que la Semana del arte de Aspen se sienta distinta a cualquier feria. El Aspen Art Museum lanzó AIR el año pasado, en 2025: un festival de nuevas comisiones, performance y conversación que se extiende por todo el pueblo, con acceso gratuito a casi todo su programa. Este año volvió bajo el título “Figures in a Landscape”, con el mismo campus de Bayer como uno de sus escenarios. Ahí hablaron Matthew Barney, conversaron Hans Ulrich Obrist y Rachel Rose, y pasaron otras tantas mentes potentes del arte, la escritura y la música que formaron parte del programa. AIR también trajo The Truth Booth, de CAUSE COLLECTIVE, una instalación participativa compuesta por una cabina inflable con forma de globo de diálogo. Cualquiera podía pasar, sentarse frente a la cámara y completar, en dos minutos, una frase: “la verdad es…”. Ochenta años después de Bayer, ese mismo campus sigue lleno de la misma gente: artistas, curadores, pensadores, intentando decir algo que valga la pena.

Y la semana culmina con ArtCrush, la gala-subasta a beneficio del Aspen Art Museum, que este año honró a Adrián Villar Rojas con el Lewis Family Art Award. Un artista argentino, en el centro absoluto de la noche más importante del verano artístico estadounidense. Para quienes seguimos de cerca el arte latinoamericano, eso no es un detalle menor. La carpa de ArtCrush, montada en la base de la Montaña Buttermilk, colgaba dos enormes instalaciones dinámicas de techo de Boris Acket, suspendidas sobre la pista, creando una atmósfera etérea.

Mi momento favorito de la semana, sin embargo, no fue el after party de ArtCrush. Fue el museo. First Gods, Lost Animals, la muestra individual de Villar Rojas, convierte dos niveles completos del Aspen Art Museum en algo parecido a una cueva. Instalaciones mayores, numinosas, geología y mitología intercaladas, estratos de tiempo depositados unos sobre otros. La premisa detrás de la muestra parte de algo simple: la mente humana es demasiado pequeña para el universo que pretende entender. Por eso, desde siempre, conjugamos sistemas simbólicos (arte, matemáticas, dioses) que no explican el mundo, pero nos permiten movernos dentro de él. Caminar por esas dos plantas provoca una sensación extrañamente familiar, como si el cuerpo recordara que las cuevas fueron nuestro primer refugio y también el lugar donde empezamos a hacer arte. El cráneo de Triceratops que domina la sala es lo más parecido a una criatura mítica que veremos jamás cara a cara.

Las dos ferias ocurren al mismo tiempo, pero solo busco obras en la Aspen Art Fair. Este año, Intersect no estuvo a la altura. La Aspen Art Fair ocupa el Hotel Jerome, el salón de baile y también las habitaciones de la primera planta del hotel, un formato que alude al Gramercy Art Fair de los 90. Mis galerías preferidas que mostraron piezas y artistas que realmente resonaron fueron Perrotin, R & Company, IRL Gallery, 193 Gallery y Anat Ebgi. Los cinco tuvieron mis piezas favoritas de esta edición, sin importar si el escenario era un salón clásico o una habitación de hotel. En esta feria, cada galería tiene que inventar, sobre la marcha, cómo convertir una parte del hotel en una sala de exhibición, y esas decisiones improvisadas a veces terminan siendo las mejores de toda la semana. Nuevos descubrimientos incluyen a Hyacinthe Ouattara, Caleb Hahne Quintana, Robert Russell, Michael Dickey y Katie Stout. Y entre tanto descubrimiento nuevo, también me alegró re-encontrarme con la obra de Ernesto Burgos, uno de los pocos artistas que siempre logran cautivarme. Es una feria pequeña, y eso es exactamente lo que la hace funcionar. Uno de los problemas que siempre tengo con las ferias grandes es que se vuelven inabarcables; esta se siente bien distribuida, nunca abrumadora.

El Hotel Jerome merece su propio párrafo. Lleva más de cien años en pie y se nota en cada pasillo. Hunter S. Thompson bebía en su bar cuando todavía vivía en Woody Creek, a minutos de ahí. Tiene sus propios espíritus, en más de un sentido. Ahí conviven el pueblo minero de sus orígenes y la fiebre actual de coleccionistas.

Lo que hace tan particular la semana del arte en Aspen es que ocurre justo al pie de Ajax, la montaña que corona el pueblo. Este año volví a hacer senderismo por el Ute Trail hasta la cima. Es la ruta a la que siempre regreso. Subir esa montaña entre reuniones y aperturas es, creo, la razón real por la que sigo volviendo. No solo por el arte, sino por la manera en que Aspen te obliga a tener las dos cosas al mismo tiempo, el cuerpo cansado de la montaña y la cabeza llena de lo que acabas de ver en una galería. Esa combinación no existe en ningún otro lugar del mundo del arte que yo conozca.
