Hay artistas capaces de crear una imagen reconocible; Yayoi Kusama consiguió algo mucho más difícil: construir un universo entero alrededor de ella.
Lunares, redes, espejos, calabazas, flores y habitaciones infinitas forman parte de un lenguaje que ha terminado instalado en la cultura visual contemporánea, mucho más allá de museos y galerías. Su obra puede reconocerse en segundos, pero detrás de esa estética aparentemente sencilla existe una trayectoria marcada por la obsesión, la repetición y una búsqueda constante de los límites entre el individuo y el espacio que habita.
Kusama falleció el pasado 14 de agosto en Tokio a los 97 años, según confirmó el Yayoi Kusama Museum. Hasta sus últimos días continuó trabajando, cerrando una trayectoria de más de siete décadas en la que convirtió sus propias experiencias en uno de los lenguajes artísticos más influyentes y reconocibles del último siglo.
El punto como principio
Nacida en 1929 en Matsumoto, Japón, Kusama comenzó a dibujar desde niña. Sus primeras experiencias con las alucinaciones marcaron profundamente su relación con el arte: describía haber visto superficies cubiertas de patrones, puntos y redes que parecían extenderse sin límites. Frente a esas imágenes, pintar se convirtió en una manera de ordenar lo que estaba viendo y, al mismo tiempo, de enfrentarse a ello. Con los años, aquellos motivos dejaron de ser una experiencia exclusivamente personal para convertirse en el vocabulario de toda su obra.
La repetición ocuparía desde entonces un lugar central. Kusama llenaba superficies enteras con pequeñas formas que se acumulaban hasta hacer desaparecer el soporte original. No buscaba únicamente crear un patrón, sino provocar una sensación de continuidad, como si la obra pudiera prolongarse mucho más allá de sus propios límites. De ahí surge también uno de sus conceptos fundamentales, la “self-obliteration”, la idea de que la repetición puede conducir a la desaparición del individuo dentro de un universo mayor.
Nueva York y la necesidad de ocupar espacio
En 1957 Kusama dejó Japón y viajó a Estados Unidos. Tras pasar brevemente por Seattle, se instaló en Nueva York, donde entró en contacto con una escena artística que estaba transformando las reglas de la creación contemporánea. Allí comenzó a desarrollar sus Infinity Nets, grandes pinturas compuestas por pequeñas pinceladas repetidas que podían ocupar por completo la superficie del lienzo. La ausencia de un centro evidente y la sensación de continuidad convertían aquellas obras en algo casi hipnótico.
Su llegada a Nueva York también significó enfrentarse a un contexto artístico dominado por hombres y marcado por una fuerte competitividad. Kusama compartió escena con artistas como Donald Judd, Claes Oldenburg o Andy Warhol, aunque durante mucho tiempo su aportación quedó relegada frente a la de sus contemporáneos masculinos. Su trabajo, sin embargo, ya estaba explorando cuestiones que posteriormente serían fundamentales para el minimalismo, el arte pop, la performance y la instalación.
Durante los años sesenta amplió progresivamente su práctica. Pasó de la pintura a las esculturas blandas, los happenings y las instalaciones, llevando sus patrones repetitivos a muebles, objetos, cuerpos y espacios completos. También utilizó la performance para abordar cuestiones como la sexualidad, el pacifismo y la guerra de Vietnam. Su obra comenzó así a desbordar el marco tradicional de la galería y a convertir el propio cuerpo y el entorno en materiales artísticos.
Cuando el espectador entra en la obra
En 1965 Kusama presentó Infinity Mirror Room—Phalli’s Field, una instalación que marcaría un antes y un después en su carrera. El espacio estaba cubierto de espejos y lleno de formas repetidas, generando una imagen aparentemente interminable. La obra ya no podía contemplarse desde una distancia segura: para experimentarla había que entrar en ella y aceptar que el propio cuerpo pasara a formar parte de la composición.
Los espejos permitieron a Kusama llevar a otro nivel una preocupación que ya estaba presente en sus pinturas. Si las redes y los puntos sugerían una repetición infinita sobre el lienzo, el reflejo podía trasladar esa sensación al espacio físico. El espectador aparecía multiplicado, el límite de la habitación desaparecía y la percepción comenzaba a resultar difícil de controlar. Décadas después, las Infinity Mirror Rooms se convertirían en algunas de sus obras más populares y en una de las principales puertas de entrada del público contemporáneo hacia su trabajo.
Una artista antes de convertirse en icono
Buena parte de la popularidad actual de Kusama puede hacer que olvidemos hasta qué punto su trayectoria fue radical. Antes de convertirse en una figura habitual de las grandes exposiciones y en uno de los nombres más fotografiados del arte contemporáneo, ya estaba cuestionando la relación entre artista, espectador y espacio. Sus happenings trasladaban sus obsesiones a las calles de Nueva York y sus performances utilizaban el cuerpo como una superficie más sobre la que intervenir.
En 1966 presentó Narcissus Garden en la Bienal de Venecia, una instalación formada por cientos de esferas metálicas que reflejaban el entorno y a quienes se acercaban a ellas. Kusama llegó a vender las esferas a los visitantes por unos pocos dólares, convirtiendo la obra en una reflexión sobre el mercado del arte, la fama y el propio papel del artista. La pieza anticipaba una preocupación que seguiría presente en su carrera: la relación entre creación, consumo y espectáculo.
Las formas que construyeron un universo
Con el paso de las décadas, algunos elementos terminaron convirtiéndose en auténticos símbolos de Kusama. Los lunares son probablemente el más reconocible, pero junto a ellos aparecen las calabazas, las flores, las redes y las luces. La artista ha regresado a estos motivos una y otra vez, transformándolos según el medio y el momento, sin abandonar nunca la idea de repetición que los conecta.
Las calabazas son un buen ejemplo. Su forma cotidiana y casi infantil contrasta con las dimensiones monumentales y los patrones que Kusama les aplica. Una calabaza deja de ser simplemente una calabaza cuando aparece cubierta de puntos, multiplicada mediante espejos o convertida en una escultura de varios metros. Esa transformación resume buena parte de su método: tomar algo reconocible, repetirlo hasta alterar nuestra percepción y convertirlo en parte de un universo completamente nuevo.
De los márgenes al fenómeno global
En 1973 Kusama regresó a Japón y, cuatro años después, ingresó voluntariamente en una institución psiquiátrica de Tokio. Desde entonces ha vivido allí mientras continuaba trabajando en un estudio cercano. Su producción artística, lejos de detenerse, siguió creciendo durante las décadas siguientes. En 1993 representó a Japón en la Bienal de Venecia y su reconocimiento internacional comenzó a consolidarse definitivamente.
A partir de los años noventa, su obra empezó a ocupar cada vez más espacio en grandes museos y exposiciones internacionales. El interés por sus instalaciones inmersivas creció hasta convertirlas en auténticos fenómenos culturales. En 2017 abrió en Tokio el Yayoi Kusama Museum, dedicado a preservar y difundir su trabajo, mientras que sus exposiciones comenzaron a atraer a un público que ya no procedía únicamente del mundo del arte.
La llegada de las redes sociales terminó de transformar esa relación. Las habitaciones de espejos, con sus luces y reflejos, parecían hechas para ser fotografiadas y compartidas, convirtiendo al visitante en parte de una experiencia que continuaba fuera del museo. Pero hay una paradoja interesante: Kusama había creado ese lenguaje mucho antes de que existiera Instagram. La cultura digital no inventó la fascinación por sus espacios; simplemente encontró una nueva manera de amplificarla.
Una última mirada al infinito
La muerte de Yayoi Kusama cierra una trayectoria excepcional, pero resulta difícil pensar en ella desde la idea de un final. Su obra siempre ha estado construida alrededor de aquello que continúa.
Ahora que la artista ya no está, quedan sus puntos, sus espejos, sus calabazas y sus habitaciones infinitas. Y queda también una de las ideas más poderosas de su trayectoria: que una imagen puede repetirse tantas veces que termine dejando de pertenecernos y pase a formar parte de algo mucho más grande. Yayoi Kusama hizo del infinito una forma de mirar. Su obra se encargará de que sigamos haciéndolo.
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