Hay lugares que parecen hechos para que durante unos días te olvides de tu alrededor, de la vida cotidiana, de esos tiempos rápidos y de la impersonalidad de la ciudad, para centrarte en tu cabeza, en lo que quieres crear. Desconectarse del mundo durante una semana en Boisbuchet es uno de ellos.
En mitad de la campiña francesa, en un château, junto a distintos pabellones y un paisaje enorme, se reúnen cada año artistas, arquitectos, diseñadores, creativos de todo el mundo. Cada uno llega por un motivo distinto y termina compartiendo algo en común: una semana dedicada a crear.
Yo llegué con la idea de un workshop de cerámica, pero eso acabó siendo solo una parte de la experiencia. Entre talleres, comidas, conversaciones y paseos por el Domain, acabas formando parte de una pequeña comunidad que funciona a otro ritmo.
Y quizá ahí está la gracia de Boisbuchet: durante una semana, tu mundo, lejos de reducirse, se expande. En un lugar así, hay espacio para probar, equivocarse y, de alguna manera, dejar de ser un poco menos pequeñita.

01. El lugar
Es difícil explicar Boisbuchet sin hablar del lugar porque, en realidad, el sitio es una parte importante de la experiencia.
No os voy a engañar, me ha encantado decir que me iba a hacer un curso de cerámica en un castillo de Francia. El lugar es idílico. Fue llegar y tener una bienvenida en un molino con unas vistas preciosas al río (y una copita de vino!).
Pero lo mejor es que Boisbuchet está lleno de pequeños descubrimientos. Entre los árboles aparecen distintos pabellones, construcciones y espacios que forman parte del propio Domaine: una casa japonesa tradicional, el Paper Pavilion de Shigeru Ban, construcciones de bambú…

Hay una visita guiada los primeros días, pero el resto de la semana ya es suficiente para ir encontrándolos poco a poco. Un paseo puede acabar convirtiéndose en una pequeña ruta de arquitectura sin haberla buscado!!

Y creo que esa es una de las cosas que más me gustaron de Boisbuchet: que el lugar no es solo el escenario donde ocurre el workshop. También es parte de lo que has ido a descubrir.

02. El workshop
Llegué al workshop con la idea de que quizá solo con las mañanas serían suficientes. Me llevé un par de libros por si tenía demasiado tiempo libre.
El workshop de cerámica con Xavier Mañosa fue bastante más experimental de lo que imaginaba. Nada de llegar, hacer una vajilla mona y volver a casa con un jarrón perfecto. El barro aquí se entendía más como un material con el que probar, equivocarse y llevar las piezas un poco más lejos. Y hacer muchos trays…
Xavier trabaja de una forma muy experimental y sus piezas tienen algo casi espacial. Hay formas, volúmenes y estructuras que hacen que la cerámica se parezca por momentos más a una pequeña arquitectura que a un objeto doméstico. Y supongo que por eso me interesó tanto: al final, muchas de las cosas que estábamos haciendo tenían más que ver con construir que con modelar.

También estaba el fuego. Había un horno de leña y todo el proceso tenía una parte bastante imprevisible: no controlarlo todo, ver qué pasaba con los materiales, probar diferentes formas de cocción y no encariñarse con el resultado, ya que no dependía completamente de ti.
Fue un workshop muy completo y, sobre todo, muy abierto. Más que aprender a hacer cerámica de una manera concreta, la sensación era la de tener tiempo y espacio para experimentar con ella.
Y mis libros, por cierto, volvieron a casa prácticamente igual que se fueron: sin leer.

03. La gente
Si hay algo que hace que Boisbuchet sea Boisbuchet es la gente que viene.
Durante una semana coincides con gente que trabaja en cosas creativas y también personas que no tienen absolutamente nada que ver con el mundo del arte. Perfiles muy distintos, de lugares muy distintos, que probablemente no se habrían cruzado en ningún otro contexto.
Y de repente acabas compartiendo comidas, talleres, copas, conversaciones larguísimas y planes que empiezan con un “¿me acompañas al lago?”. Yo, personalmente, me fui con amigos y con unos cuantos hogares que visitar por el mundo.
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04. La vida allí
Una de las cosas más especiales de Boisbuchet es cómo se acaba organizando la vida allí. El teléfono pasa bastante a segundo plano porque siempre está pasando algo: un workshop, una comida, una copa, un paseo o una conversación que se alarga. Mis amigos back home pensaban que me había unido a una comuna alternativa.
Te levantas pronto con unas vistas preciosas, haces yoga y bajas al taller a avivar el fuego porque hemos dejado las piezas cociendo toda la noche. Algunos han pasado la noche allí vigilando el horno, así que les llevamos un café, un bollo y algo de fruta y seguimos trabajando. Quemamos unas piezas con la técnica Raku y, cuando queremos darnos cuenta, ya es la hora de comer.

Los chefs que estaban haciendo una residencia durante nuestra estancia habían convertido cada comida en una pequeña experiencia. Eran taiwaneses y cada día probábamos algo diferente, con las mesas y el montaje pensados al detalle. Me sentía comiendo en un restaurante a diario (me podría acostumbrar a algo así!)
Justo si hemos terminado antes con el barro, toca lago, kayaks o simplemente tirarse al sol (yo soy más de esta última). Después cena, alguien cumple años y aparece un postre especial. Aparece alguna botella de vino, empiezan las conversaciones y, de repente, son las once y nadie parece tener ninguna prisa por levantarse de la mesa.

05. La vuelta
Y luego toca volver. Volver a casa, a tus cosas y a una rutina que, después de una semana así, se siente un poco diferente.
Una amiga acabó pidiendo quedarse unos meses más como staff, y allí esta. Yo no llegué a tanto, pero sí volví con la sensación de que Boisbuchet me había cambiado un poco la vida.
Y ahora tengo un pequeño problema: quiero volver.
