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Neochulapismo: cuando lo castizo se vuelve tendencia

San Isidro no necesita marketing

En Madrid tenemos una curiosa habilidad de convertir en tendencia lo que lleva siglos formando parte de nuestra identidad. Ahora lo llaman neochulapismo, como si fuera una corriente estética recién nacida entre vermús de autor y playlists castizas. Pero lo cierto es que muchas de esas cosas que hoy se reivindican con entusiasmo: la estética chulapa, los claveles, los mantones, los organillos,… siempre han estado presentes. Simplemente dejaron de estar en el foco.

Y ahí entra la polémica: ¿por qué ahora parece que hay que “hacer grande” la pradera de San Isidro, cuando lo ha sido toda la vida?

Porque sí, las Fiestas de San Isidro no necesitan redescubrimiento. La Pradera de San Isidro lleva generaciones siendo ese lugar donde Madrid se mezcla sin filtros: familias, grupos de amigos, mayores que no han fallado ni un año y jóvenes que llegan por primera vez con curiosidad (o por pura moda). Es un espacio que nunca ha dejado de latir, aunque algunos no lo estuvieran mirando.

Hablar de chulapos no es solo hablar de un disfraz. Es hablar de una identidad urbana muy concreta que nace en el Madrid castizo del siglo XVIII y XIX, en barrios populares como Lavapiés o La Latina. El “chulo” madrileño —palabra que en Madrid no tiene nada que ver con la arrogancia, sino con cierta gracia desafiante— era ese personaje de barrio, con ingenio rápido, orgulloso de lo suyo y elegante a su manera. De ahí el traje: ajustado, sobrio, con ese aire entre pícaro y digno. Lo chulo, en Madrid, siempre ha sido lo auténtico.

La iconografía no es casual. Ahí están los cuadros de Francisco de Goya, que ya retrataban verbenas, romerías y ese espíritu popular que hoy algunos redescubren como si fuera nuevo. Ahí está la zarzuela, con títulos como La verbena de la Paloma, que fijó en el imaginario colectivo esa forma de hablar, de vestir y de vivir Madrid. Y, por supuesto, la tradición de acudir a la pradera el 15 de mayo, en honor a San Isidro Labrador, mucho antes de que existieran los hashtags.

Yo, madrileña desde que nací, soy el ejemplo perfecto de esa desconexión generacional parcial. Nunca me vestí de chulapa en el colegio. No formaba parte de mi imaginario infantil ni adolescente. Y, sin embargo, hace unos años, fue una amiga —también madrileña— la que me arrastró a la pradera. Y también la que me enseñó los pequeños códigos: a colocarme una flor en el pelo sin parecer disfrazada, a pintarme los labios de rojo, a entender que no iba de ir perfecta, sino de entrar en el juego. No era tradición heredada, era tradición compartida. Y me encantó. No desde la nostalgia impostada ni desde el postureo, sino desde algo mucho más sencillo: la autenticidad de un Madrid que no necesita reinventarse para ser interesante.

Desde entonces, cada vez que un amigo extranjero viene a la ciudad y quiere conocer algo “madrileño de verdad”, no lo dudo: la pradera es parada obligatoria. Porque ahí Madrid se vive.

El llamado neochulapismo tiene algo positivo: ha despertado la curiosidad de una generación que quizá había dejado de mirar hacia sus propias tradiciones. Pero también corre el riesgo de convertir lo popular en tendencia pasajera, en estética descontextualizada, en “lo castizo” como filtro de Instagram. Y eso sería muy poco chulo por su parte.

Porque ser chulo en Madrid nunca fue disfrazarse un día al año, sino saber estar, tener aguante, reírse de uno mismo y, sobre todo, pertenecer. No desde la exclusión, sino desde esa hospitalidad tan nuestra: la de una ciudad que acoge y hace madrileño a quien la pisa con ganas.

La pradera no es nueva y nunca ha necesitado ser “puesta en valor” por ninguna corriente. Ha estado ahí siempre, esperando a que volvamos o lleguemos por primera vez, sin prejuicios. Quizá la clave no sea hacerla grande ahora, sino reconocer que ya lo era. Y que lo sigue siendo, con o sin etiqueta. Porque Madrid, cuando es chulo de verdad, no necesita ningún trending topic.

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