El amor mueve montañas. Si no, que se lo pregunten a una pareja que se conoció en un restaurante y, a partir de ahí, decidieron escapar de la ciudad sin mirar atrás para vivir en un pueblo de la España profunda que tanto gusta a los urbanitas para descubrir los findes, concretamente, para eso que llaman beber y comer bien. Y esta historia va de eso, sobre todo, de lo primero, de beber bien. Y de vivir en la montaña.

Bárbara Requejo -32 años- es de Valladolid y enóloga, por tradición familiar se podría decir, su tío (enólogo antes que ella) le metió el gusanillo en el cuerpo. Guzmán Sánchez -35 años-, es de Ávila y cocinero, tiene en común con su pareja que su profesión también le llegó por herencia familiar. Ella se recorre el mundo trabajando por casi todas las viñas alrededor del globo, y con experiencia y aventuras bajo el brazo decide volverse a España. Él, tras pasar por cocinas de renombre en Madrid, también decide que es la hora de volver, pero al pueblo familiar, Villanueva de Ávila, donde abre su propio restaurante y aquí es donde surge la magia «nos conocimos por qué yo venía con clientes de la bodega para la que trabajaba, a La Querencia, su restaurante», cuenta Bárbara.
Con el amor haciendo de las suyas y una relación de por medio, se embarcan en un proyecto vinícola. Deciden comprar tierras en el pueblo de Guzmán para trabajarlas y crear sus propios vinos. Todo este proyecto tiene un nombre y se llama Las Pedreras. Comenzó como un hobby, y el hobby les está haciendo vender su propio vino por todo el mundo. Naturaleza, sacrificio, trabajo, respeto por el producto y pasión son las claves para hacer que sus caldos viajen worldwide.
La elección del lugar donde vivir es una decisión importante porque de alguna forma se convierte en vuestro cuartel general, ya no solo para el tema del vino, sino porque se convierte en un lugar de inspiración, de influencia, de construir futuro. Vivís en la naturaleza, ¿cuál es el entorno natural que os rodea?
Villanueva es un pequeño pueblo en la falda de la Sierra de Gredos, accedemos a él por una carretera de curvas en la que ya se empieza a intuir el paisaje austero y salvaje. Los robles y castaños se mezclan con árboles frutales como cerezos y melocotoneros. De manera brusca, aparecen claros de lanchas de piedra de granito, donde no puede crecer nada. Ya en el pueblo, la Sierra de Gredos nos mira de frente, el pico de Las Pedreras, el más alto en la zona, domina el paisaje. Sabemos en que época del año estamos por los colores de Las Pedreras, en verano la roca gris de granito desnudo destaca frente al verde de los árboles, en otoño, a menudo, las lanchas de granito tienen efecto espejo, cuando tenemos un día de tormenta que se despeja. En invierno, la montaña torna blanca por la nieve, y el sentimiento generalizado es de calma y alivio, la nieve significa muchas cosas en un pueblo de montaña. Es la resistencia frente al cambio climático, significa agua en los prados más adelante, en primavera y verano.
Vosotros apostasteis por cambiar vuestra vida en una metrópolis, con todo lo que este estilo de vida conlleva, por un pueblo de la España profunda, para hacer lo que queríais y trabajar por un futuro distinto. ¿Fue una decisión acertada?, ¿os costó el cambio u os llevó tiempo amoldaros a vuestra nueva realidad?
Ni Guzmán ni yo nos hemos arrepentido en ningún momento de vivir en la montaña, es más, tenemos claro que queremos vivir aquí, el reto es tener un trabajo que te lo pueda permitir. Como es habitual en la España vaciada, emprender es crucial. Guzmán es cocinero y abrió su restaurante La Querencia en 2016, y en mi caso, Las Pedreras ha sido el vehículo que me ha permitido vivir en este entorno, nos consideramos afortunados de tener dos profesiones que nos lo permiten.

¿Qué diferencias encontráis entre vivir en una localidad que sufre o está sufriendo despoblación y una ciudad superpoblada que os ofrecía el “fácil acceso a todo lo que necesitabais”? ¿Se os ocurre algo para frenar esta despoblación?
Las diferencias son grandes, por supuesto. El ritmo de las ciudades es muy diferente al de un pueblo de doscientos habitantes, aunque eso no quiere decir que aquí nos aburramos. Todo lo contrario, siempre hay cosas que hacer. Sin embargo, no se siente la urgencia y el ritmo frenético de una ciudad. Es importante analizar que es lo que “necesitamos”. Cada persona tiene necesidades diferentes, en nuestro caso es el contacto con la naturaleza y sentirnos algo “retirados” del mogollón. Son dos puntos a favor que valoramos. Lo principal para que los pueblos no sigan perdiendo habitantes es crear una red de trabajo y servicios que permita a las personas tener una ocupación durante todo el año. En esta región el turismo es un elemento muy importante, pero es estacional y en invierno el volumen de trabajo cae considerablemente. La agricultura, en este caso la viticultura, es una vertiente que puede ayudar a revertir esta situación. Sin embargo, sigue habiendo un estigma para las personas que trabajamos en el campo, como si no fuera una ocupación de valor, sino más bien algo que se hace cuando no puedes dedícarte a nada más. En Francia, ser agricultor o ganadero, dedicarte al sector primario, es un orgullo. Estaría bien tener esta visión en España también. En el caso de los servicios, la sanidad y la educación son esenciales y cada vez vemos más pérdida en estos dos sectores en el medio rural. Por poner un ejemplo práctico, nosotros no tenemos rayos X en nuestro centro de salud. Si sufres un accidente en el campo o en la bodega, tienes que trasladarte hasta Ávila, 45 minutos en coche y cruzar un puerto de montaña.
La famosa frase “la tierra es para quien la trabaja”, en vuestro caso, ¿cuánto tiempo os quita al día y cual es la mayor satisfacción que os da con respecto a una persona joven que esté trabajando en una oficina delante de un ordenador?
Desde el comienzo de Las Pedreras el viñedo ha sido el punto de partida, el centro del proyecto y lo que da valor a nuestros vinos. El cuidado de las viejas viñas de garnacha y la plantación de nuevos viñedos es la principal inversión que hacemos, y donde dedicamos la mayor parte de nuestros recursos. Cuando Guzmán y yo fundamos Las Pedreras no pensábamos en comprar barricas, o tanques de hormigón o despalilladoras de último nivel, nos enfocamos en comprar todo el viñedo que pudimos en Villanueva de Ávila, y terrenos para plantar. Actualmente, somos propietarios de 2ha de viña vieja en Villanueva de Ávila, 2ha de viñedo nuevo que hemos plantado nosotros mismos en Navarrevisca, y como última incorporación en 2024 una parcela de viñedo viejo en Cebreros, de 2ha. Esto no solo implica una inversión en la compra, sino que el trabajo de campo se duplica cada año, pero ver que cada temporada nuestras viñas están más fuertes, más equilibradas y nuestros suelos más vivos es los que nos mantiene motivados.
Dos jóvenes emprendedores haciendo lo que más les gusta –la elaboración de sus propios vinos-: desde un pueblecito de Gredos a vender en Nueva York (como símbolo), entre otras grandes ciudades del mundo. ¿El sueño es fruto de la suerte, del esfuerzo, de formar parte de una generación hiperconectada globalmente a través de redes sociales? Cuales son los elementos que estáis tratando y os están haciendo conseguir los logros que buscáis.
Soy una firme defensora de la suerte. La suerte ha tenido un papel predominante en mi vida y definitivamente en que yo esté viviendo hoy en Villanueva. Es la única manera que tengo de explicar haber conocido a Guzmán. Pero, por otro lado, tuvo mucho que ver tener una visión amplia y global del mundo del vino, y en mi caso esto se produjo viajando. Mi experiencia profesional alrededor del mundo, conociendo otras regiones, otras variedades, otros estilos de hacer vino fueron la principal razón que me motivó a emprender con Las Pedreras. No dudé un momento y estaba convencida que desde este pequeño pueblo en medio de la montaña podíamos hacer vinos de alto nivel, que destacaran en mercados internacionales. Y la tercera parte son las personas: el vino permite conectar con gente que valora lo que hacemos y que quiere aportar su granito de arena para dar visibilidad a proyectos como el nuestro; su trabajo es fundamental.
¿Qué esperáis del futuro y hacia donde os gustaría que fuera el proyecto ‘Las Pedreras’?
Es difícil hacer planes a largo plazo en un momento global con tanta incertidumbre, teniendo en cuenta que nuestra bodega depende en un alto porcentaje de la exportación. Ahora estamos enfocados en mejorar cada año en el cultivo de nuestras viñas y en presentarnos en mercados internacionales y nacionales. Viajamos mucho para que la gente empiece a conocernos, y tenga una conexión directa con nosotros. «A medio plazo, me gustaría tener un equipo de dos personas» asegura Bárbara, y finaliza, «actualmente trabajo yo sola y creo que podría hacer las cosas mucho mejor si tuviéramos gente motivada con nosotros».
Todas las fotos realizadas por al Pan Pan y al Vino Vino studio






