El próximo cortometraje estrella dirigido por una española, mi hermana, Celia Pérez Gil.
Mi hermana mayor es lo que suele llamarse una persona creativa. Sentadas -o, a veces, de pie- en el inmenso sofá del salón de casa, compartíamos las eternas tardes infantiles embobadas delante de la tele, viendo pasar sin tregua, una tras otra, las series que programaba ese maravilloso Disney Channel de la primera década de este siglo: Zack & Cody, Hannah Montana, Lizzy, Los magos de Waverly Place, That´s so Raven y un largo etcétera. Una vez saciados nuestros inagotables apetitos visuales, o mejor dicho, interrumpida la ronda de series para respirar un poco de aire, mi hermana – de pronto- improvisaba un guion para que la vecina de enfrente y yo hiciéramos nuestros primeros pinitos de interpretación. Y ella de dirección cinematográfica, con la ayuda del teléfono de mis padres, en esos primeros tiempos del smartphone o el i-movie. De este modo, en la universidad, yo me incliné por los estudios de Comunicación. Y mi hermana por los de Derecho y Traducción. Porque las jóvenes de la Generación Z algún día tendrían que encontrar trabajo.
«Mamá, no quiero ser funcionaria»
Por algún lado tenía que explotar. Mi hermana, exhausta ya en el quinto año de carrera, amenazaba con abandonar. Y, únicamente la promesa de mis padres de meterla en la Escuela de Cine al terminar la carrera, le dio ese pequeño impulso, justo pero necesario, para conseguir aguantar. Pero, cuando llegó el día señalado, el universo estalló en pedazos. Mi madre confiaba que ese sentido común -que es el menos común de los sentidos- le hiciera madurar para decantarse por una cómoda oposición administrativa, previo o paralelo al desarrollo de sus inquietudes vocacionales. Pero no, las cosas nunca son como pensamos, y menos como los padres anhelan que sean. Así que mi hermana dejó aparcados en un rincón todos los libros de Leyes, con la firme convicción de no volver a tocarlos nunca más. Y se metió de lleno en su pasión cinematográfica, para así dar rienda suelta a todas esas historias e ideas que bullían por su cabeza.
«Esto no es lo que yo pensaba»
Pero, como todos sabemos, la ilusión no basta en este mundo tan ingrato y hostil de la creación artística. Los mejores estudios y escuelas (ECAM, ESCAC, etc) – con sus másteres, cursos y seminarios- no ofrecen más garantía que un buen adiestramiento iniciático. Pero otra cosa muy distinta es la formación de la experiencia, tener la suerte casi imposible de que te contrate una productora para. acompañar profesionalmente una prometedora trayectoria. ¡Y vaya usted a pedir ayudas y subvenciones al maestro armero! ¡No te van a dar «ná de ná»!. O póngase a la cola, que somos muchos esperando a que toque algo de la miseria de las pocas instituciones que reparten: ICAA, Academia de Cine, CIMA, DAMA y otras siglas ininteligibles. En muchos casos, además, hay que pertenecer de antemano a la asociación que las convoca. Y eso no es factible sino has rodado, como mínimo, un primer corto.
Chicas Pistoleras. El primer corto.
Pero mi hermana es muy cabezota. Inasequible al desaliento, no para de solicitar becas (London Film School, New York Film Academy, NFTS, Tisch School, La Fémis). Pero sigue sin ser consciente de las pocas posibilidades. Mientras mi madre insiste que mejor antes una oposición y ¡luego, Dios dirá!. Entretanto, con la ilusión por bandera, lleva casi un año afanada en preparar su primer corto: «Chicas Pistoleras». Es la historia de Carla, una joven que a punto de cumplir 26 años, atraviesa una etapa de crisis, sumida en un bloqueo creativo y emocional. Cuando encuentra, por casualidad, su antiguo uniforme escolar afloran los recuerdos y vuelve en el tiempo a un momento concreto de su niñez. En su ensoñación, recupera las imágenes de unas alumnas mayores -las «chicas pistoleras»- a quienes la niña Carla admira por la seguridad personal que transmiten. Es una historia sobre crecimiento, pérdida y recuperación. Nos habla de
esa sensación de no encajar del todo, compararte con los demás y sentir que vas un paso por detrás. Pero también es una declaración de esperanza, el reconocimiento de que hay muchos caminos y, entre ellos, la posibilidad de reconciliarse con uno mismo. ¿Os suena?. Pues es una de las infinitas ideas de mi hermana, la contadora de historias.
«Ni un euro más». La aventura de rodar un corto sin presupuesto.
Detrás de Chicas Pistoleras, como os podéis imaginar, se encuentra un equipo de ilusionadas – por no decir «ilusas»- aficionadas y aficionados al séptimo arte. Mi hermana lidera este singular y caótico equipo de creadores, gestores y técnicos, todos ellos aspirantes a sobrevivir en este inhóspito panorama audiovisual, movidos más por ingenuos intereses altruistas que por razones de tipo económico o práctico. Escucho atentamente las conversaciones infinitas de mi hermana, las interminables horas que dedica a sacar adelante su proyecto, las eternas conferencias preparatorias, que si rodamos en este bar o en este otro, que dónde encontramos los veinte niños, que cómo les conseguimos vestuario escolar, la incertidumbre de si les autorizan o no sus padres, que quién nos dejará las cámaras y los equipos de sonido, que si podemos permitirnos este objetivo o esta lente, que cuánto nos costaría alquilar un autobús durante varias horas ( dos más barato que cuatro), que cómo gestionamos el transporte del equipo y de la gente, las idas y venidas a la zona de rodaje, o si podemos hacer varias tomas en el mismo sitio para ahorrar. Y así, un sinfín de vicisitudes más. Y luego vendrá la postproducción. Y el montaje. Y, en el mejor de los casos, la distribución a unos cuantos festivales menores que tengan una reducida sección para cortometrajes noveles. Y, si
acaso, una exigua mención honorífica. Porque todo esto no sólo es sin remunerar, sino que hay que poner dinero del propio bolsillo. Como repite enfadada mi madre cuando se desespera al ver tanta dedicación sin retorno: «Ni un euro más».
Homenaje a la imaginación creativa
En este mundo tan materialista, donde la inmediatez y el resultado son las monedas habituales de cambio, pienso que es un auténtico privilegio que existan seres como mi hermana y sus compañeros, movidos por la ilusión de comunicar un mensaje reflexivo y profundo, donde la prioridad es el ser humano con sus sentimientos y circunstancias. Es admirable esa pasión innata que exhiben a todas horas, destinada a crear una obra artística que pueda conectar con los demás, mientras esperan la única recompensa de un vago y efímero reconocimiento público, cualquier estímulo que alimente de nuevo sus inquietudes creativas.
He pensado cómo podía ayudar a mi hermana y a todos esos profesionales que, provistos de una resistencia a prueba de bomba y ánimo incombustible, se encuentran en una situación similar, inmersos en la incertidumbre de no saber si podrán o no sacar su proyecto adelante. Pero sólo se me ocurren estas líneas. Ojalá que tengan suerte y muchas personas quieran colaborar en el «crowdfunding» que han puesto en marcha para financiarse.
Aquí os dejo el enlace a la página web del proyecto para que conozcáis un poco más los detalles y sus protagonistas. También el link con el crowdfunding, por si alguien quiere colaborar.

